DISPARADOR DE ESCRITURA 1
Fortalezas de un animal en un espacio físico abierto usando como detonador el texto Memorias de una vaca de Bernardo Atxaga
Yo elegí la frase ¨la soledad y la desolación son algo grandioso¨
¿Qué puede enseñarnos una lagartija de la resignación y de la espera?
o una Efímera.
La efímera es una polilla que no se aguanta ni un día con alas
apenas nace le salen alas
y si tiene fortuna encuentra su congénere reproductive
desdoblada o no
reproducida o no
muere en el lapso de 30 minutos a 24 horas
ni tiempo tiene de pensar
su tiempo con certeza no se mide lo mismo que el tiempo de la lagartija
buscadora por kilometraje, exhibe sus escamas tornasoladas, se camufla
cambiar de color es un don
cambiar es un don
la metamorfosis es un don
todo lo misterioso es un don
LA MUERTE DE LA POLILLA
VIRGINIA WOOLF (1882-1941)
Versión de Antonio Sandoval Jasso
Las polillas que vuelan de día no deben llamarse propiamente polillas: no provocan esa placentera sensación de oscuras noches otoñales y floreciente hiedra que la más común, la que duerme a la sombra de la cortina con sus alas amarillentas, nunca deja de despertar en nosotros. Son criaturas híbridas, ni alegres como mariposas ni sombrías como las de su género. Sin embargo, este espécimen, con sus estrechas alas del color del heno, con flecos de borla del mismo color, pareciera estar contenta con la vida. Una agradable mañana de mediados de septiembre, suave, benigna pero con un aire más penetrante que el de los meses de verano. El arado surcaba el campo opuesto a la ventana, y donde la reja se había enterrado, la tierra estaba aplanada y reluciente por la humedad.
Con la energía que llegó arrolladora desde los campos y más allá era difícil mantener la vista solo en el libro. Incluso las granjas que mantenían una de las festividades anuales, sobrevolaban alrededor de las copas de los árboles y parecía como si una basta red con miles de nudos negros, hubiera sido echada al aire para, luego de un momento, hundirse lentamente sobre los árboles hasta que pareciera que en la punta de cada ramita había nudo. Entonces, repentinamente, la red se lanzaba al aire de nuevo, esta vez en un círculo más amplio, con sumo clamor y graznidos, como si ser arrojado al aire y posarse lentamente en las copas de los árboles fuera una experiencia tremendamente emocionante.
La misma energía que inspiraba a las granjas, a los aradores, a los caballos e incluso, parecía, a las esbeltas colinas desnudas, envío a la polilla revoloteando de un lado a otro en un cristal cuadrado de la ventana. No podía dejar de mirarla. Y estaba consciente de hecho, de un extraño sentimiento de pena por ella. Esa mañana, las posibilidades de satisfacción lucían tan enormes y tan variadas que solo hacer la parte de una polilla en la vida y de una polilla de día, parecía un destino difícil, y su entusiasmo por disfrutar al máximo sus escasas oportunidades, patéticas. Voló vigorosamente a una esquina de su compartimento y, después de esperar por un segundo, cruzó a la otra. ¿Qué más le quedaba sino volar a la tercera y luego a la cuarta esquinas? Era todo lo que podía hacer, pese al tamaño de las colinas, la anchura del cielo, el remoto humo de las casas y la romántica voz, cada cuando, de un vapor en el mar. Hizo lo que podía hacer. Mirándola, parecía como si una fibra, muy delgada pero pura, de la energía del mundo se hubiera clavado en su frágil y diminuto cuerpo. Las veces que cruzó el cristal, puede imaginar un hilo de luz vital volviéndose visible. No era más que vida.
Aún así, porque era una forma simple y pequeña de la energía arrolladora que llegaba a través de la ventana abierta y se hacía camino a través de los corredores estrechos e intrincados de mi mente y de la de otros seres humanos, había a la vez algo maravilloso y patético en la polilla. Era como si alguien hubiera tomado una pequeña gota pura de vida y, decorándola lo más ligeramente posible con plumón y plumas, la hubiera puesto a bailar y zigzaguear para mostrarnos la verdadera naturaleza de la vida. Dispuesto de este modo no podía superarse su extrañeza. Se es apto para olvidar todo sobre la vida, verla abollada y dominada y adornada y estorbada de tal manera que tenga que moverse con la mayor circunspección y dignidad. De nuevo, la idea de que de haber nacido bajo cualquier otra forma ocasiona que se vean sus acciones con cierta piedad. Después de un tiempo, cansada de su baile aparente, se quedó al sol en el alfeizar de la ventana y, llegando el raro espectáculo al final, la olvidé. Entonces, con mi vista hacia arriba, atrajo mi mirada. Trataba de reanudar su baile pero parecía tan rígida o tan incómoda que solo podía revolotear hacia la base del vidrio, y fracasó cuando trató de volar a través de él. Concentrada en otros asuntos, miré estos intentos inútiles sin pensar en ellos, esperando inconscientemente que retomara el vuelo del mismo modo en que se espera que una máquina que ha dejado de funcionar momentáneamente vuelva a encender sin considerar la causa de su falla. Quizá después del séptimo intento, resbaló de la cornisa de madera y, revoloteando, cayó sobre sus alas en el alféizar. La impotencia de su postura me despertó. Súbitamente pensé que estaba en dificultades, no podía levantarse y sus patas se esforzaban en vano. Sin embargo, mientras le extendía un lápiz con la intención de que se enderezara, vino a mí la idea de que los fallos y la incomodidad se debían a la cercanía de la muerte. Dejé el lápiz de nueva cuenta.
Sus patas se agitaron una vez más. Miré como buscando al enemigo contra el que luchaba. Miré fura de las puertas. ¿Qué había pasado ahí? Presuntamente era medio día y las labores del campo se habían detenido. La quietud y el silencio ocupaban el lugar que había tenido la animación previa. Las aves se habían retirado a alimentarse al arroyo. Los caballos se quedaron quietos. Sin embargo, el poder se encontraba ahí de todos modos, amontonado, indiferente, impersonal, sin prestar atención a nadie en particular, De alguna manera, opuesto a la pequeña polilla del color del heno. Era inútil tratar de hacer algo. Solo se podían mirar los esfuerzos extraordinarios que hacían las pequeñas patas contra la fatalidad inminente que si quería podía arrasar una ciudad entera, y no solo a la ciudad sino a masas de seres humanos; sabía que nada tenía alguna posibilidad contra la muerte. Sin embargo, después de descansar las patas se agitaron de nuevo. Fue tan soberbia esta última protesta y tan frenética que consiguió al fin enderezarse. Todas mis simpatías estaban, por supuesto, del lado de la vida. Además, cuando no hay alguien que se preocupe padezca, este enorme esfuerzo de una insignificante polilla, contra una fuerza de tal magnitud, para retener algo que nadie más valora o desea conservar, causa una extraña sensación. De nuevo, de alguna manera, vi la vida en una gota pura. Levanté el lápiz de nuevo, aunque sabía que sería inútil. Y a pesar de que lo hice, las inconfundibles señales de la vida se mostraron. El cuerpo se relajó e instantáneamente la rigidez volvió. La lucha terminó. La insignificante criaturita conoció la muerte. Mientras miraba a la polilla muerta, este diminuto triunfo secundario de una fuerza secundaria sobre un antagonista tan malvado me llenó de asombro. Tal como la vida había sido extraña unos minutos antes, ahora la muerte era extraña. La polilla, ya enderezada, yacía de la manera más decentemente y sin quejarse. Así es, parecía decir, la muerte es más fuerte que nosotros.
Tomado de La muerte de la polilla y otros ensayos, Virginia Woolf. Antología póstuma (1942)