jueves, 21 de enero de 2016
viernes, 20 de marzo de 2015
Breve autobiografía del hombre caimán
Mi nombre es Saúl
González y fui pescador artesanal. Nací en La Arenosa en el año de 1957, el
mismo año en que nació Diomedes Díaz Maestre, el Cacique de La Junta. Yo llegué a Bocas de Ceniza por los
ochenta, cuando el cacique grabó Fantasía, un exitaso en toda la costa; ese mismo año nació mi hijo
Kaleth, que se ahogó en el río a los diecisiete.
Yo fui de los que
empezaron la pesca con cometa en el tajamar de Bocas. Luego de la muerte de
Kaleth supe que la pesca
con redes en este punto era peligrosa, ¡el que se caiga no sale vivo! Las
corrientes del rio son traicioneras, ¡ya muchos se han ahogado! Luego aparecen
flotando sobre los manglares, junto a las botellas de plástico, las latas, las
chancletas y los caimanes muertos que el río ha arrastrado desde bien adentro
de la ciénaga.
Antes vivíamos en
la casa de mi mamá, con Elisenia y los tres niños, todos en una sola pieza. Luego
nos mudamos aquí, al tajamar, ¿pero sabe? ya ni en la tierra, ni en el agua, ni
en el aire lo dejan a uno vivir. Hace varios años unos empresarios dijeron que
la zona era de mucho potencial turístico, que nuestras casas sobre palafitos no
entraban en sus planes, que tendríamos que irnos de aquí, que esto era una
invasión. Yo solo digo que bajo este cielo saqué adelante a mi familia, tengo
el rio, el mar, la brisa, los atardeceres, el calor del sol, el olor de la sal
y el sabor del pescado fresco. Por las noches veo las luces de las embarcaciones
y la ciudad, que está allá lejos, llena de edificios muy altos donde viven
los ricos, y de inmensas barriadas donde
viven los pobres.
Mi mamá no quiso
sacar a la Cleo de la casa. Cleo es una amiga de mi mamá que un día llegó con
sus maletas, se acomodó en mi habitación y nunca más quiso salirse de ahí. Lo
único que hace es tomar el fresco en la baranda todas las tardes y beber jugo
de corozo, ¡hombre lo que es la amistad!
Un día se van a morir todos de sed, si es que no se están muriendo ya de los racionamientos
de agua ¡y en ese calor! La vieja me
mandó a dormir al cuarto más feo, hasta que un día le dije a mi mamá que si no
se iba ella, era yo el que me salía de la casa, con los motetes, la mujer y los
niños, y así lo hice. Gracias a Dios que nunca nos faltó el sagrado vallenato.
Un acordeón fue lo único que heredé de mi padre, aparte del vicio de enamorar
muchachas bonitas y tomar cerveza. Mi padre decía que no nos dejaba muchas
cosas materiales, para que no nos peleáramos entre hermanos, éramos diez. Con
el acordeón aprendí el repertorio de Diomedes, acompañé serenatas, quinceañeras
y hasta entierros, me gané más de un guayabo y una que otra muchacha. Claro que
Elisenia no podía enterarse de eso, ¡me hubiera matado! Pobre Elisenia, se
quedó sola, todo por culpa de aquel brujo inexperto. El charlatán puso un
anuncio en el periódico, diciendo que tenía una pócima que lo convertía a uno
en caimán, solo por unas horas, y luego lo volvía otra vez al cuerpo humano. Y
le pagué con una buena sarta de pescado a ese viejo endemoniado. Pero yo no
sabía el camino por río para volver donde él, y siempre que iba a coger ese
camino la corriente me llevaba otra vez al mar. Así que me tocó adaptarme a la
vida aquí en la ciénaga, aprender a comer sapo,
esquivar a los pescadores. Por lo menos pude venir a vivir a Bocas, para
estar cerca de mi mujer y de Ómar y
Félix, los otros dos hijos que tuvimos. Ellos no saben que vivo en el manglar.
Desde aquí, escondido bajo el follaje, puedo verlos. Pobre Elisenia, se le ve en la cara la tristeza cada vez que
se asoma por ahí…
A pesar de haber
perdido a mi hijo Kaleth, no me arrepiento de haber traído a mi familia a este
lugar que es todo para nosotros, luego de la música, por supuesto. Bajo este
cielo saqué adelante a mi familia. Con Elisenia hicimos el esfuerzo de comprar
toda la colección de oro de Diomedes, los altoparlantes y un equipito. El viejo
Diome es el que nos alegra el rancho. El mar y el rio nos dan el pescado, que
aquí abunda en todo tiempo: sardas, meros, caimanes, bagres y gato. Los
muchachos no se pueden quejar, mal no les va. Ahora el único que corre peligro
soy yo, pero yo sé cómo piensa el pescador y no me voy a dejar matar de un arponazo; no voy a ser tan pendejo de caer en la
carnada de las cometas.
La muerte de
Diomedes me tomó por sorpresa, y justo le dio por morirse en Navidad, en lo
mejor de la fiesta. Ahora que lo pienso, podría irme hasta Valledupar, el río
no está crecido, aunque de aquí a la ciénaga de Zapatosa es cuesta arriba. Hay
que llegar hasta el Guatapirí y luego cruzar todo el César, pasando por Plato y
El Banco.
Si el Cacique
supiera que el hombre-caimán va a correr esa maratón para asistir a su
entierro… pa’ mí no hubiese habido honor más grande, no lo hay para ningún acordeonero de la costa, que tocar en
el funeral del Cacique. ¿Cómo será ver
de cerca al Poncho Zuleta, al Jorge Oñate, al Peter Manjarrés? ¡Es que ya me
imagino el mundo de gente que va a venir! Dicen que hasta el presidente y la
Toti. Habrá que ir bien elegante. Si todavía fuera carne humana, Elisenia me
limpiaría los zapaticos blancos, me plancharía la guayabera y me alistaría el
morral con un buen puntal de pescado salado y patacón de plátano frito,
¡lástima que en esta cabezota plana uno no se pueda poner el sombrero vueltiao! Van a poner el féretro una
semana en cámara ardiente, sobre una tarima, en la plaza Alfonso López de
Valledupar, al lado del palo de mango. Será un entierro bonito, como El Cacique
soñó, con más de cien mil almas desfilándole frente al ataúd. Yo sí tengo la
intención de aparecerme por allá. Ojalá me reconozcan y no se asusten, ya estoy
ensayando lo que les voy a decir:
—Tranquilos,
tranquilos… ¡Que yo no como gente! ¿No
ven que soy el hombre-caimán?
Pero luego me
acuerdo de que no puedo sacar mi cabeza del agua…
Gracias a Dios
todavía estoy vivo. Nunca me imaginé lo bonito que se ve el río con los ojos de
un cocodrilo. Tengo los atardeceres, la extensión del Magdalena, toda la
ciénaga para nadar y espiar a las muchachas bonitas que se meten al río empelota. ¿Qué más puedo pedir?
¡Hombre, que
lástima del Cacique! Teníamos la misma
edad.
Lorena Escorcia Hernández
Lorena Escorcia Hernández
martes, 10 de marzo de 2015
Óscar Salas, Ángel.
Gracias a la vida
Que me ha dado tanto
Me dio el corazón
Que agita su marco
Cuando miro el fruto
Del cerebro humano
Cuando miro el bueno
Tan lejos del malo…
Cuando miro el fondo
De tus ojos claros.
Violeta Parra
Estamos al final del verano en Australia, no hay nubes
y el cielo está sorprendentemente iluminado de estrellas. Con mi esposo y mi
hijo fuimos al cinema al aire libre, llevamos almohadas y cobijas. Cuando
terminó la película todo quedó oscuro y solo se escuchaba el ruido de los
grillos y las chicharras. Miramos al cielo; sobre nuestra cabeza estaba la cruz
del sur, una constelación que habita el hemisferio austral.
Mi esposo recordó que hoy era 8 de marzo, día
internacional de la mujer. Yo recordé que hace nueve años, un ocho de marzo, yo
estaba en una sala de cirugía, asistiendo a la extracción de órganos de un
donante. En ese momento fue muy extraño ver cómo se trataba a un cadáver con la
misma delicadeza con la que se trata a un ser humano vivo. Así debe ser, para
que los órganos a ser donados no sufran daño alguno. Óscar Salas era un donante
de órganos, hasta ese nivel de solidaridad, de empatía y de generosidad había
alcanzado su vida.
En la sala de cirugía estaba el equipo médico
organizado y sincrónico. Yo estaba 'de testigo'. Sí, 'de testigo'. Me habían
llamado para asistir a la familia de Óscar.
—Doctora, ¿usted es familiar del donante? —Me preguntó el cirujano.
—¿Familiar? No, a él lo conocía, somos…éramos -corregí-
éramos paisanos.
El lapsus
hizo que me diera cuenta de la dificultad que tenía para aceptar esa muerte.
Esa en particular.
El procedimiento empezó y luego de una hora de estar
ahí, ellos usando sus diestras manos y yo como una invitada de piedra, alguien
se atrevió a romper el hielo que hasta ese momento solo había sido atravesado
por el cauterizador.
—Era un ‘capucho’. —Dijo,
con esa falta de sensibilidad que yo odio en mí y en mis colegas, y que
caracteriza a los médicos, porque durante la carrera aprendimos a disociarnos, quiero decir, a distanciar
gravemente la experiencia física de la emocional.
—Yo creo que él no tenía capucha. —Me apresuré a decir tratando de encontrar
condescendencia en mis interlocutores.
—¿Ah no? ¿Y entonces por qué lo mataron? —Murmuró alguien más. O quizá alguien lo pensó y yo
imaginé que lo había dicho.
En ese momento quise decir que estar encapuchado no
era motivo para matar a nadie. Pero me contuve, no era mi papel discutir acerca
de eso y menos con mis colegas, que hacen una labor tan noble. Pero yo quise
dar la versión que a mí me contaron y con la que me quedé desde ese día:
—Lo mataron por ‘mirón’. Estaba detrás de un árbol
mirando el tropel y fue cuando le dispararon.
“Él estaba ‘de testigo’, así como yo estoy hoy ‘de
testigo”, pensé.
—¿Quién? ¿Los ESMAD?
—Eso es lo que no se sabe, y es por eso que yo estoy
aquí; la familia quiere que se lleve un proceso transparente y se esclarezca la
causa de la muerte.
Entonces dejé de prestarle atención al cirujano, al
procedimiento, a las voces de afuera, y me enclaustré en una suerte de
esquizofrenia que tengo, desde mucho antes de entrar a la facultad de medicina,
y que me ha servido de mucho en la vida.
Yo no conocía bien a Óscar, tal vez habíamos cruzado un
saludo. Lo había visto varias veces con Miguel en la emisora comunitaria del
Líbano-Tolima. Hasta ese momento yo no sabía que Óscar era un poeta, un
comunicador, un lingüista, una persona con la que hoy tendría muchas cosas en
común. Pensé, en lo raro que era verlo allí, como si su cuerpo inerte estuviera
tratando de decirme algo. Su cuerpo desnudo y cubierto por las sábanas recién
salidas del autoclave, él tendido sobre la mesa de cirugía e iluminado por los reflectores
de la sala. Óscar era un teatrero y eso no se lo quitaron ni matándolo, Óscar era
un poeta y ni matándolo le pudieron quitar la poesía. Y bajo las luces
fluorescentes del teatro cantaba: ‘Oh no,
I’ve said too much. I set it up. That’s me in the corner. That’s me in the
spotlight. Losing my religion’.
En el 2006 yo trabajaba como médica en varios
hospitales de Bogotá y no tenía tiempo para pensar, ni para mirar las estrellas.
En ese momento el hecho pasó a formar parte de esa colección de absurdos de la
que a veces se trata la vida.
Hoy la Cruz del Sur me ha hecho pensar en el ángel, el
mártir, el hijo sacrificado. ¡Qué paradójica es la guerra! Tengo hermanos que
han ido al servicio militar, o que son militares y me pregunto ¿Cuántas veces
en Colombia no se habrán cruzado balas, hijos de la misma madre o del mismo
padre? Pues infinidad. Me han contestado. La guerra es fraticida, es su
naturaleza. ¿Entonces, porqué no acabarla? ¿A quién le interesa seguir matando
a sus hermanos? ¿Quién es el último beneficiario del uso de las armas? ¿Cuál es
la diferencia entre alguien que se pone una capucha para tirar piedras y
papas-bombas y otros usos de las armas de guerra? ¿Porqué se trata el tropel como si fuera un juego de
niños? ¿La beligerancia de los estudiantes solo sirve para darle una
justificación al estado para usar más represión y más armas? 'La guerra es una
masacre entre gentes que no se conocen para provecho de gentes que sí se
conocen pero no se masacran', dice Paul Valéry.
Ahora lo tengo un poco más claro, Óscar era un hombre
capaz de tomar un micrófono y decir lo que pensaba, tenía el valor de
enfrentarse desnudo a la vida, con su propia voz y las palabras que salían de
su corazón, de su boca. Es difícil pensar que en su naturaleza estuviera
ponerse una capucha. Esa es la versión que me contaron, y la que me gusta creer.
Pero lo único que yo tenía que hacer allí era
observar. Y cerciorarme de que no se fuera a dañar la evidencia. Me habían
hecho una petición extraña, y yo iba a ser testigo de algo importante.
El acto quirúrgico fue impecable y ágil. Óscar, cuerpo
prodigioso que se fue desangrando en el camino al hospital, a donde sus amigos
lo llevaron cargado desde la entrada de la carrera treinta hasta el otro lado
de la universidad.
Luego siguió la autopsia. No me dejaron entrar, esperé
pacientemente en la puerta de medicina legal hasta que uno de los médicos
forenses vino a verme:
—Doctora, ¿usted es la amiga de la familia de Óscar?
—Sí. –Contesté.
—Lo que causó la muerte a Óscar, el proyectil que
tenía en la cabeza, no era una bala sino una canica.
—¿Una canica? —pregunté.
Haber pasado la noche en vela me había quitado la lucidez y no estaba preparada
para esa respuesta.
—Sí, una canica, una bola de cristal; de las mismas con
las que juegan los niños —contestó.
Que absurdo era, ¡qué cruel! “De las mismas con
las que juegan los niños.” Como si Óscar fuera uno de esos niños víctimas de la
guerra y de la violencia, que por azar había estado en un momento desafortunado
en el lugar equivocado.
Hoy que es día de la mujer y diez años después,
analizando el hecho con distancia y a Colombia con mucha tierra y mares de por
medio, puedo reelaborar esto. Con el coraje que me da el hecho de ser madre y
la solidaridad que siento con el dolor de la madre de Óscar, que le dio su
nombre de Ángel. Óscar tuvo una lección para cada uno de los que nos cruzamos
con él tanto en su vida como en su muerte. Escribo hoy para recordarlo,
en el día de la mujer, y de la madre y de las que parimos éste género humano.
Lorena Escorcia Hernández
jueves, 19 de febrero de 2015
Déjà vu
Enfrentar el silencio, caminar de la mano por el boulevard de
almacenes cerrados, sin ojos, sin oídos. Dibujar una doble sombra en los
adoquines, único movimiento en esa calle larga de luces borrosas.
Calle muda.
¿Entiendes el frío que lucha
desde adentro? ¿El que trata de salir por las
puntas de tu cuerpo, cambiándote el color de los dedos?
Fríos internos que se tratan con ventosas y te dejan la espalda llena de círculos morados. Un corazón que late sangre gélida es como tener escarcha entre las venas ¡Duele tanto!
Fríos internos que se tratan con ventosas y te dejan la espalda llena de círculos morados. Un corazón que late sangre gélida es como tener escarcha entre las venas ¡Duele tanto!
Congelar el estómago, vaciar
el vientre vomitando abandono, para dejar más espacio al frío que penetra los
huesos.
Déjà vu de aquel que te dice que
te quiere, pasa el tiempo y resulta que ya no te quiere o que nunca te ha
querido, que estaba confundido, que las cosas no eran como pensaba o como
imaginaba.
—Yo solo siento que te quiero ¡Estás helada!
Y enlazada fuerte entre sus
brazos de músculos redondos, caes de nuevo sobre la consola de su pecho, triángulo boca abajo, caja sonora que retumba
en tu cabeza y desvanece el pensamiento.
Duermes por un segundo o dos, sostenida por la estructura cálida que late a menos de sesenta por minuto.
¿Quién puede resistirse a la piel, a la caricia, a la tibieza de las sábanas?
Duermes por un segundo o dos, sostenida por la estructura cálida que late a menos de sesenta por minuto.
¿Quién puede resistirse a la piel, a la caricia, a la tibieza de las sábanas?
—Quiero invitarte a dormir
conmigo.
Pero la noche es vieja, y no
le da tiempo a los amantes de enroscarse en cucharita. Noche despierta en su hora flemática.
Se despide con un ‘te llamo mañana’ y un beso en la
frente, sin mirar atrás, como una flecha
lanzada a la diana del desconcierto.
—¡No me dejes sola! ¡Por
favor! ¡No me dejes!
No lo gritas, lo engulles; y tus ojos lloran para adentro.
No lo gritas, lo engulles; y tus ojos lloran para adentro.
Tu sombra larga y congelada, flaca y dividida, que camina con pasos entumidos.
Abres la puerta, tiras los
tacones y te deshaces del abrigo. Es madrugada y hay rocío en la hierba, el cielo no se
define por la luz o la oscuridad. Respiras y te bañas porque a las siete tienes
lección de piano. Hoy te toca Gymnopédie de Satie. Frente al espejo ves una
cara pálida, en la gaveta del tocador el maquillaje oscuro que pones arriba
pero sobre todo debajo, para llorar lágrimas negras desde los pozos
de tus ojos. Los labios rojos y el moño pequeño, delicado, como tus escasos cabellos. Nunca olvidas el perfume.
No quiero vivir más lo ya vivido, pero
tampoco quiero más desayunos a solas. Preparar el café y tomarlo despacio, en el juego de té de loza inglesa. El
cuadro de Miró que pusiste en la sala te hace una sarcástica e infantil compañía.
Masticar veinte veces el pan y digerir las noticias ¿Cereal o tostadas? ¿yogurt o leche? ¿jugo
o fruta? da igual. Desayunar sin opiniones ni matices. Vomitar y escuchar el
teléfono. Te limpias y sales corriendo a contestarlo.
—Hola, ¿vas a dejarme?
—¿Porqué voy a dejarte? Si te quiero.
Lorena Escorcia-Hernández.
lunes, 10 de noviembre de 2014
Jorge Eliécer Pardo y la estética del horror
En noviembre del 2014 la oportunidad de asistir en Paris a la publicación del libro 'Los velos de la memoria' de Jorge Eliécer Pardo, son 32 cuentos y 45 fotografías que relatan los episodios más escabrosos de la violencia en Colombia desde 1538 hasta nuestros días. Personajes como la cacica Gaitana, el pacificador Morillo, Galán, Gaitán, el general Uribe Uribe, la guerrilla, los paramilatares, los huérfanos de la guerra, los desaparecidos, las madres de Soacha, los indígenas; son algunos de los personajes que rondan las 197 páginas del libro.
La guerra de los Mil días, la masacre de las bananeras, las guerras entre liberales y conservadores, los falsos positivos, las masacres de Ovejas, Sucre; Turbo, Antioquia; El salado, Bolívar, Machuca, Antioquia; Bojayá, Chocó; Tacueyó, Cauca; Mapiripán, Meta; Apartadó, Antioquía; Bahía Portete, Guajira; los actos violentos de Sonsón, Antioquia; Soacha, Cundinamarca, Ocaña, Santander y otros lugares, como los que dieron origen al escritor: El Líbano, Ibagué, Mariquita y Honda, Tolima; son los escenarios que conforman una geografía de la guerra, donde los cuerpos y las partes de las víctimas nos hablan; las cabezas cercenadas, las manos amputadas toman voz nos cuentan los últimos momentos de sus vidas, a veces nos dicen a quién pertenecían, a veces son solo pedazos desperdigados y anónimos viajando por los ríos, restos sepultos o insepultos, amontonados o pegados unos encima de otros. Un cuadro comparable con el Guernica de Picasso.
En esta obra Jorge Eliécer Pardo, valiéndose de una prosa limpia y poética, construye una estética del horror en la cual nos vemos reflejados.
A lo largo del libro uno se cuestiona ¿porqué en Colombia hemos guardado tanto silencio? ¿hasta dónde cada uno de los colombianos hemos sido cómplices de ésta catástrofe humana? El libro de Jorge Eliécer es confrontativo y devastador, en el sentido de que le da voz a las propias víctimas y su dolor retumba en nuestras cabezas y en nuestros corazones.
Lorena Escorcia.
http://www.espanol.rfi.fr/cultura/20141106-jorge-eliecer-pardo-revelar-el-rostro-de-la-historia
miércoles, 8 de octubre de 2014
La peste, Albert Camus (fragmento)
La palabra "peste"
acababa de ser pronunciada por primera vez. En este
punto de la narración que deja a Bernard Rieux detrás de una ventana
se permitirá al narrador que justifique la incertidumbre y la sorpresa del
doctor puesto que, con pequeños matices, su reacción fue la misma que
la de la mayor parte de nuestros conciudadanos. Las plagas, en efecto,
son una cosa común pero es difícil creer en las plagas cuando las ve
uno caer sobre su cabeza. Ha habido en el mundo tantas pestes como
guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre
desprevenidas. El doctor Rieux estaba desprevenido como lo estaban
nuestros ciudadanos y por esto hay que comprender sus dudas. Por
esto hay que comprender también que se callara, indeciso entre la
inquietud y la confianza. Cuando estalla una guerra las gentes se dicen:
"Esto no puede durar, es demasiado estúpido." Y sin duda una guerra es
evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La
estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara
siempre en sí mismo. Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran
como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo,
eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la
medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal,
es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal
sueño en mal sueño son los hombres los que pasan, y los humanistas
en primer lugar, porque no han tomado precauciones. Nuestros
conciudadanos no eran más culpables que otros, se olvidaban de ser
modestos, eso es todo, y pensaban que todavía todo era posible para
ellos, lo cual daba por supuesto que las plagas eran imposibles.
Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones.
¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir, los
desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre
mientras haya plagas.
punto de la narración que deja a Bernard Rieux detrás de una ventana
se permitirá al narrador que justifique la incertidumbre y la sorpresa del
doctor puesto que, con pequeños matices, su reacción fue la misma que
la de la mayor parte de nuestros conciudadanos. Las plagas, en efecto,
son una cosa común pero es difícil creer en las plagas cuando las ve
uno caer sobre su cabeza. Ha habido en el mundo tantas pestes como
guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre
desprevenidas. El doctor Rieux estaba desprevenido como lo estaban
nuestros ciudadanos y por esto hay que comprender sus dudas. Por
esto hay que comprender también que se callara, indeciso entre la
inquietud y la confianza. Cuando estalla una guerra las gentes se dicen:
"Esto no puede durar, es demasiado estúpido." Y sin duda una guerra es
evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La
estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara
siempre en sí mismo. Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran
como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo,
eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la
medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal,
es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal
sueño en mal sueño son los hombres los que pasan, y los humanistas
en primer lugar, porque no han tomado precauciones. Nuestros
conciudadanos no eran más culpables que otros, se olvidaban de ser
modestos, eso es todo, y pensaban que todavía todo era posible para
ellos, lo cual daba por supuesto que las plagas eran imposibles.
Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones.
¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir, los
desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre
mientras haya plagas.
Incluso después de haber reconocido el doctor Rieux delante de su
amigo que un montón de enfermos dispersos por todas partes acababa
de morir inesperadamente de la peste, el peligro seguía siendo irreal
para él. Simplemente, cuando se es médico, se tiene formada una idea
de lo que es el dolor y la imaginación no falta. Mirando por la ventana su
ciudad que no había cambiado, apenas si el doctor sentía nacer en él
ese ligero descorazonamiento ante el porvenir que se llama inquietud.
Procuraba reunir en su memoria
todo lo que sabía sobre esta
enfermedad. Ciertas cifras flotaban en su recuerdo y se decía que la
treintena de grandes pestes que la historia ha conocido había causado
cerca de cien millones de muertos. Pero ¿qué son cien millones de
muertos? Cuando se ha hecho la guerra apenas sabe ya nadie lo que es
un muerto. Y además un hombre muerto solamente tiene peso cuando
le ha visto uno muerto; cien millones de cadáveres, sembrados a través
de la historia, no son más que humo en la imaginación. El doctor
recordaba la peste de Constantinopla que según Procopio había hecho
diez mil víctimas en un día. Diez mil muertos hacen cinco veces el
público de un gran cine. Esto es lo que hay que hacer. Reunir a las
gentes a la salida de cinco cines, conducirlas a una playa de la ciudad y
hacerlas morir en montón para ver las cosas claras. Además habría que
poner algunas caras conocidas por encima de ese amontonamiento
anónimo. Pero naturalmente esto es imposible de realizar, y además
¿quién conoce diez mil caras? Por lo demás, esas gentes como
Procopio no sabían contar; es cosa sabida. En Cantón hace setenta
años cuarenta mil ratas murieron de la peste antes de que la plaga se
interesase por los habitantes. Pero en 1871 no hubo manera de contar
las ratas. Se hizo un cálculo aproximado, con probabilidades de error. Y
sin embargo, si una rata tiene treinta centímetros de largo, cuarenta mil
ratas puestas una detrás de otra harían...
enfermedad. Ciertas cifras flotaban en su recuerdo y se decía que la
treintena de grandes pestes que la historia ha conocido había causado
cerca de cien millones de muertos. Pero ¿qué son cien millones de
muertos? Cuando se ha hecho la guerra apenas sabe ya nadie lo que es
un muerto. Y además un hombre muerto solamente tiene peso cuando
le ha visto uno muerto; cien millones de cadáveres, sembrados a través
de la historia, no son más que humo en la imaginación. El doctor
recordaba la peste de Constantinopla que según Procopio había hecho
diez mil víctimas en un día. Diez mil muertos hacen cinco veces el
público de un gran cine. Esto es lo que hay que hacer. Reunir a las
gentes a la salida de cinco cines, conducirlas a una playa de la ciudad y
hacerlas morir en montón para ver las cosas claras. Además habría que
poner algunas caras conocidas por encima de ese amontonamiento
anónimo. Pero naturalmente esto es imposible de realizar, y además
¿quién conoce diez mil caras? Por lo demás, esas gentes como
Procopio no sabían contar; es cosa sabida. En Cantón hace setenta
años cuarenta mil ratas murieron de la peste antes de que la plaga se
interesase por los habitantes. Pero en 1871 no hubo manera de contar
las ratas. Se hizo un cálculo aproximado, con probabilidades de error. Y
sin embargo, si una rata tiene treinta centímetros de largo, cuarenta mil
ratas puestas una detrás de otra harían...
Pero el doctor se impacientaba. Era preciso no abandonarse a estas
cosas. Unos cuantos casos no hacen una epidemia, bastaría tomar
precauciones. Había que atenerse a lo que se sabía, el entorpecimiento,
la postración, los ojos enrojecidos, la boca sucia, los dolores de cabeza,
los bubones, la sed terrible, el delirio, las manchas en el cuerpo, el
desgarramiento interior y al final de todo eso... Al final de todo eso, una
frase le venía a la cabeza, una frase con la que terminaba en su manual
la enumeración de los síntomas. "El pulso se hace filiforme y la muerte
acaece por cualquier movimiento insignificante." Sí, al final de todo esto
se estaba como pendiente de un hilo y las tres cuartas partes de la
gente, tal era la cifra exacta, eran lo bastante impacientes para hacer
ese movimiento que las precipitaba.
El doctor seguía mirando por la
ventana. De un lado del cristal el fresco
cielo de la primavera y del otro lado la palabra que todavía resonaba en
la habitación: la peste. La palabra no contenía sólo lo que la ciencia
quería poner en ella, sino una larga serie de imágenes extraordinarias
que no concordaban con esta ciudad amarilla y gris, moderadamente
animada a aquella hora, más zumbadora que ruidosa; feliz, en suma, si
es posible que algo sea feliz y apagado. Una tranquilidad tan pacífica y tan indiferente negaba casi sin esfuerzo las antiguas imágenes de la
plaga. Atenas apestada y abandonada por los pájaros, las ciudades
chinas cuajadas de agonizantes silenciosos, los presidiarios de Marsella
apilando en los hoyos los cuerpos que caían, la construcción en
Provenza del gran muro que debía detener el viento furioso de la peste.
Jaffa y sus odiosos mendigos, los lechos húmedos y podridos pegados a
la tierra removida del hospital de Constantinopla, los enfermos sacados
con ganchos, el carnaval de los médicos enmascarados durante la
Peste negra, las cópulas de los vivos en los cementerios de Milán, las
carretas de muertos en el Londres aterrado, y las noches y días
henchidos por todas partes del grito interminable de los hombres. No,
todo esto no era todavía suficientemente fuerte para matar la paz de ese
día. Del otro lado del cristal el timbre de un tranvía invisible resonaba de
pronto y refutaba en un segundo la crueldad del dolor. Sólo el mar, al
final del mortecino marco de las casas, atestiguaba todo lo que hay de
inquietante y sin posible reposo en el mundo. Y el doctor Rieux que
miraba el golfo pensaba en aquellas piras, de que habla Lucrecio, que
los atenienses heridos por la enfermedad levantaban delante del mar.
Llevaban durante la noche a los muertos pero faltaba sitio y los vivos
luchaban a golpes con las antorchas para depositar en las piras a los
que les habían sido queridos, sosteniendo batallas sangrientas antes de
abandonar los cadáveres. Se podía imaginar las hogueras enrojecidas
ante el agua tranquila y sombría, los combates de antorchas en medio
de la noche crepitante de centellas y de espesos vapores ponzoñosos
subiendo hacia el cielo expectante. Se podía temer...
cielo de la primavera y del otro lado la palabra que todavía resonaba en
la habitación: la peste. La palabra no contenía sólo lo que la ciencia
quería poner en ella, sino una larga serie de imágenes extraordinarias
que no concordaban con esta ciudad amarilla y gris, moderadamente
animada a aquella hora, más zumbadora que ruidosa; feliz, en suma, si
es posible que algo sea feliz y apagado. Una tranquilidad tan pacífica y tan indiferente negaba casi sin esfuerzo las antiguas imágenes de la
plaga. Atenas apestada y abandonada por los pájaros, las ciudades
chinas cuajadas de agonizantes silenciosos, los presidiarios de Marsella
apilando en los hoyos los cuerpos que caían, la construcción en
Provenza del gran muro que debía detener el viento furioso de la peste.
Jaffa y sus odiosos mendigos, los lechos húmedos y podridos pegados a
la tierra removida del hospital de Constantinopla, los enfermos sacados
con ganchos, el carnaval de los médicos enmascarados durante la
Peste negra, las cópulas de los vivos en los cementerios de Milán, las
carretas de muertos en el Londres aterrado, y las noches y días
henchidos por todas partes del grito interminable de los hombres. No,
todo esto no era todavía suficientemente fuerte para matar la paz de ese
día. Del otro lado del cristal el timbre de un tranvía invisible resonaba de
pronto y refutaba en un segundo la crueldad del dolor. Sólo el mar, al
final del mortecino marco de las casas, atestiguaba todo lo que hay de
inquietante y sin posible reposo en el mundo. Y el doctor Rieux que
miraba el golfo pensaba en aquellas piras, de que habla Lucrecio, que
los atenienses heridos por la enfermedad levantaban delante del mar.
Llevaban durante la noche a los muertos pero faltaba sitio y los vivos
luchaban a golpes con las antorchas para depositar en las piras a los
que les habían sido queridos, sosteniendo batallas sangrientas antes de
abandonar los cadáveres. Se podía imaginar las hogueras enrojecidas
ante el agua tranquila y sombría, los combates de antorchas en medio
de la noche crepitante de centellas y de espesos vapores ponzoñosos
subiendo hacia el cielo expectante. Se podía temer...
Pero este vértigo no se sostenía ante la razón. Era cierto que la palabra
"peste" había sido pronunciada, era cierto que en aquel mismo minuto la
plaga sacudía y arrojaba por tierra a una o dos víctimas. Pero, ¡y qué!,
podía detenerse. Lo que había que hacer era reconocer claramente lo
que debía ser reconocido, espantar al fin las sombras inútiles y tomar las
medidas convenientes. En seguida la peste se detendría, porque la
peste o no se la imagina o se la imagina falsamente. Si se detuviese, y
esto era lo más probable, todo iría bien. En el caso contrario se sabía lo
que era y, si no había medio de arreglarse para vencerla primero, se la
vencería después.
El doctor abrió la ventana y el
ruido de la ciudad se agigantó de pronto.
De un taller vecino subía el silbido breve e insistente de una sierra
mecánica. Rieux espantó todas estas ideas. Allí estaba lo cierto, en el
trabajo de todos los días. El resto estaba pendiente de hilos y
movimientos insignificantes, no había que detenerse en ello. Lo esencial
era hacer bien su oficio.
De un taller vecino subía el silbido breve e insistente de una sierra
mecánica. Rieux espantó todas estas ideas. Allí estaba lo cierto, en el
trabajo de todos los días. El resto estaba pendiente de hilos y
movimientos insignificantes, no había que detenerse en ello. Lo esencial
era hacer bien su oficio.
domingo, 20 de julio de 2014
Entre la antigua y la nueva palabra, nuestros mundos
Escrito por Hugo Jamioy Juagibioy.
Oralitor. Pertence al pueblo indígena Camuent¨sá Cabëng Camëntsá Biyá (Hombres de aquí con pensamiento y lengua propia) ubicado en Bëngbe Uàman Tabanoc (Nuestro Sagrado Lugar de Origen), Valle de Sibundoy, Putumayo.
Cada cultura
mira el sol a su manera
le inventa un nombre, una música,
una danza,
a su manera.
En una asamblea del pueblo Camënt¨sá en la que participaron taitas, abuelas y abuelos sabedores, profesionales indígenas y comunidad en general a la que pertenezco, se presentó la reflexión en torno a quién es analfabeto. Como si estuviéramos preparados para una única respuesta, todos respondimos que es aquel que no sabe leer y escribir, y acorde a la actualidad global que nos lleva por un solo camino, agregamos que quien no sabe hablar inglés y no maneja un computador e internet también es analfabeto.
Después de un largo silencio en el que todo parecía claro y concluido, se escuchó una voz firme en el idioma antiguo de nuestro pueblo, que si mal no recuerdo simplemente decía:
...y los que no saben leer la naturaleza, los que no saben leer el mensaje del viento, los que no saben leer la luna para la siembra y la cosecha, los que no saben leer las nubes, los que no saben leer el canto de los pájaros que anuncian visita, que anuncian la vida y la muerte, los que no saben leer el agua, los que no saben lo que yo sé, lo que mi abuelo me enseñó, ¿entonces ellos qué son?
Solo faltó eso, la fuerza del espíritu de la palabra para revivir el saber guardado en la humilde mirada de nuestras abuelas y abuelos y desenredar su lengua: durante el resto del tiempo que duró la reunión, brotaron como flores las palabras multicolores que hablan de los tejidos, que hablan de los rostros en las tallas de madera, que hablan de nuestro territorio y los nombres de sus caminos, sus aguas y los sitios sagrados, que hablan del arcoiris y las lluvias; fue mágico ese momento y aún hoy siento que ando embriagado por el fermento de esas voces.
En nuestra niñez, recuerdo, veíamos en los tejidos figuras geométricas, siempre acompañadas de la palabra de nuestros abuelos; fuimos preparados para entender el mundo a través de los símbolos que hablan de la vida.
Nos decían mientras aprendíamos el bello arte del tejido:
...este símbolo es sagrado, representa a shinÿe, el dador de la luz en el tiempo, debes llevarlo siempre contigo, será luz en tu camino...
...este símbolo se llama juashkón, es de aquello que nos da la vuelta, es la madre de la fertilidad de la luna...
...este dibujo se llama mëtët¨sén, es el símbolo de la fuerza espiritual, es el guía en la fiesta del reencuentro y el perdón, él es un misterio, por eso solo en el bëtsknaté nos visita...
Así transcurrió nuestra infancia, envueltos por las mantas que tejió la abuelita Carmela, amarrados con los cinturones tejidos por la mamita Pastora, cubiertos con las palabras de los abuelos y abuelas que hablan con los símbolos de la vida.
Allí, pienso, aprendí sobre las formas propias de nuestra escritura camënt¨sá, aprendí a leer la naturaleza a través de los símbolos, aprendí que allí está guardado nuestro t¨sabe juabna, buen pensamiento/pensamiento maduro/pensamiento mayor.
Desde la antigua palabra, nuestros Taitas están diciendo:
T¨sabe juabna endétsa-ián t¨sabe soiám jo kochajuán y t¨sabe soiên jenangmian. Chiek t¨sabe juabn tse bojanÿán endetsa-ián bêng-be luar tkojêbtsa-chêng-êntskuán, t¨sabá jêbtse benachán, t¨sabájêbtsó-tjêmbambaiám.
T¨sabe juabn es la fuerza del espíritu que crece/vive en el corazón y se demuestra en el comportamiento, por eso cuidar el t¨sabe juabn significa que mientras pasamos por el mundo debemos cuidar el tejido entre pensamiento, sentimiento y comportamiento. (Taita Miguel Chindoy).
También nos están diciendo:
...këm luar ëndetsëmn jabuatmanám...
...este mundo está hecho para conocerlo...
Nuestros padres repiten siempre:
...los caminos están hechos, solo hay que recorrerlos...
Con el paso del tiempo he aprendido que:
...no todos los lugares son tuyos / pero cada uno de ellos guarda algo para ti...
Estas formas propias de leer y escribir a través de nuestros símbolos me han permitido entender el mundo inventado por mis antepasados. Ahora sigo caminando y siento que no ando solo, me acompañan los símbolos de la vida.
Tsebatsana Mama es la palabra inventada por nuestros abuelos para referirse a la Madre Responsable / Madre Tierra: en ella habitan un sinnúmero de pueblos indígenas y en su lengua materna han inventado una palabra para designarla desde su propia cosmovisión. Son otros mundos escondidos en los recónditos lugares de nuestra bella Colombia y en ellos existen otras formas de leer y escribir.
En la inmensa Sierra Nevada de Santa Marta viven nuestros hermanos mayores, los IkU o Wíntukwa, apodados arhuacos; entre ellos he aprendido sobre sus propias formas de escribir el pensamiento. Las mujeres, por ejemplo, elaboran el tutu, que traduce ¨pensamiento de mujer¨, el tutu es lo que en español llaman ¨mochila arhuaca¨; en ella la mujer IkU escribe su pensamiento, su sentimiento diario. Según la Ley de Origen, las mujeres desde muy niñas aprenden la técnica del tejido y la simbología de los dibujos que elaboran en el tutu. Es la manera de leer y escribir sobre su vida.
En las tardes cuando cae el sol, mientras hila la lana de oveja y en sus manos sostiene unos tutus con dibujos tradicionales, la abuela María nos está diciendo:
...Este dibujo se llama Garwa y representa al guía espiritual de los caminos;
...Este se llama kUn zachi y representa las hojas de plantas sagradas, es un símbolo dedicado a la naturaleza:
...Este se llama mákUrU y representa el vuelo de las aves, es un símbolo de equilibrio...
Al recorrer los caminos que ya están hechos, he tenido la inmensa fortuna de sentarme junto a ellas, las mujeres tejedoras de pensamiento, y aprender a leer algunos símbolos, que también en su cosmovisión hablan de la vida. Al igual que las wati (tía o mujer IkU), el teti (hombre IkU) escribe su pensamiento con el polvo de las conchas del mar y aju (hoja de la planta sagrada de coca) en el yorubo (poporo); me han llevado por caminos donde las piedras guardan símbolos que cuentan acerca del origen del hombre, de la misión que cada cultura tiene en su paso por la Gran Madre Tierra. Al leer el territorio, me dicen que en la Sierra Nevada de Santa Marta existe la Línea Negra, una línea espiritual que se conecta a través de sitios sagrados, cada sitio sagrado tiene un nombre en lengua IkU y tiene una función/misión; el sitio sagrado de danta, el sitio sagrado de guara, el sitio sagrado de culebra, de pava, de personas, del sol, de la lluvia, de todo lo sagrado. En cada uno de ellos hay que hacer pagamento, es decir, el tributo a la ofrenda para que el padre guardián mantenga con vida los seres que habitan espiritualmente el sitio sagrado y nunca nos falten esos seres vitales.
Estas formas de leer y escribir el pensamiento propio me han hecho pensar que debo fortalecer cada día mi propia forma de escritura; además, pienso que debo investigar sobre mi propia cultura, acudir a nuestras biblias hablantes, abuelas, abuelos, taitas, mamos, jaibanás, payés, sinchis, y escuchar sobre lo que nosotros somos, ellos guardan silenciosos la clave para leer nuestros mundos.
Entre los emberá, la pintura corporal es una forma de escritura de su propio pensamiento, en el cual se evidencia la palabra antigua en permanente diálogo entre hombre y naturaleza. Las mujeres usan dibujos que hablan de su estado natural, a través de los cuales, al interior de su cultura, identifican si es soltera o si es casada; las madres elaboran dibujos en el cuerpo del niño para defenderlos de los malos espíritus que rondan el territorio; para las fiestas o ceremonias tradicionales del pueblo emberá los miembros de la comunidad pintan sus cuerpos con tintura de jagua y achote teniendo en cuenta los mitos que ellos han heredado a través de la palabra antigua.
Aún sigo aprendiendo a medida que recorro caminos, y cada destino me deslumbra con sus formas particulares de leer y escribir a través de los símbolos plasmados en las manillas, en las mantas, en las hamacas, en los canastos, en las mochilas, en las tallas en madera, en el cuerpo, en el territorio, en la palabra hablada y dibujada.
En la memoria guardo esa asamblea como algo mágico y la recuerdo en cada paso que ando, teniendo siempre presente que cada pueblo indígena es otro mundo, que la bella Colombia está habitada por muchos mundos, 86 mundos que necesitan seguir viviendo, mundos que están nuestras manos, en nuestras palabras, en la nueva palabra alimentada de la palabra antigua; pienso en 86 formas diferentes de leer y escribir.
Pienso en los elementos comunes de los pueblos indígenas que determinan nuestra esencia, entre ellos, lo más importantes son el territorio y la lengua. La práctica permanente de la tradición oral de manera espontánea en espacios en los cuales la palabra antigua se hace presente, es la expresión más valiosa que determina la vida del mundo indígena. El territorio se entiende a traves de la lengua y el espíritu de la lengua tiene vida a través de las cosas que existen en él.
Los taitas están diciendo: cad té botaman jonojuaboyán / cada día bonito hay que pensar / cada día hay que refrescar el pensamiento. El refrescamiento de la memoria es una tarea permanente, como permanente es el diálogo entre generaciones, ancianos, adultos, jóvenes y niños; todos, sentados junto al fogón, cultivando en la tierra, caminando los sitios sagrados, tejiendo la lana, tallando la madera, moldeando el barro, viviendo tomados de la mano de los abuelos, de la antigua palabra. Sin ella seríamos huérfanos, buscando refugio en los lugares que desconocemos.
Una lengua muerta es un pensamiento muerto, es un espacio de oscuridad, es dejar el alma muda. Cada lengua es una forma diferente de pensar, de amar, es la que te avisa del peligro y de la paz, la que te apacigua, la te levanta, la que te asusta, la que te duerme, la que te quema, la que te acusa, la que te sentencia, la que te describe, la que te dice, la que te perfora y la que te mata. Esa riqueza no la podemos perder, debemos mantenerla e impulsarla. No podemos seguir atando las lenguas indígenas en las cuevas, ni podemos seguir mordiéndonos la lengua y callar.
Tienen que brotar como brotan las flores.
Texto completo extraído del libro: LEER para comprender, ESCRIBIR para tranformar: palabras que abren nuevos caminos en la escuela
--1a. ed.--Bogotá :
Ministerio de Educación Nacional, 2013. p. (Serio Río de Letras. Libros maestros PNLE:1), p.95-101.
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