sábado, 13 de enero de 2024

Proyectos de literatura por Agripina Montes del Valle

Dedicados al fino y distinguido caballero Dr. Román de Hoyos.

 

Voy, me dije hace algunas noches, a escribir un largo artículo sobre mis impresiones. Es tanto lo que me rodea y atormenta, que al fin, a fuerza de tanto sentir, es preciso que escriba.

Era viernes, la noche estaba radiante con la majestad de sus astros, la luna brillaba derramando su blanca luz en las sombras: todo estaba en silencio; mis tres hijos dormían. Meditabunda, de codos sobre una mesa, lanzaba de vez en cuando interrogadoras miradas a todo lo que me rodeaba, pensando solo en el nombre que le daría a mi largo artículo en proyecto. “Las noches, esto es lo que más me impresiona”, me dije, y escribí sobre un pliego de papel en forma de epígrafe: “la noche”.

No te prevengas, mi querido lector: yo no trataba de describir la belleza de la luna flotando sobre diáfanos vapores en la inmensidad de un cielo índigo. La tranquila y majestuosa noche que tenía presente no estaba en armonía con mi pensamiento. Solamente me proponía descubrir lo que sucede en casa al toque de oración. ¡Qué bullicio! ¡Qué tempestad de gritos! ¡Santo Dios! La hora de oración, ¡ah! En casa es terrible –tres niños gritando: el uno porque no lo acuestan, el otro porque no le han dado su leche y aquella, en fin, porque se le antoja llorar–. Tres niños casi de una misma edad son para enloquecer a cualquiera que tenga la cabeza mejor entornillada que la que esto escribe.

Figúrate ahora, mi bondadoso lector, si después de una barahúnda de gritos, en que la pobre madre da gracias a Dios porque la casa está en paz, le vendrían a la cabeza ideas poéticas para cantar la pompa de las bellezas del cielo y las confidencias misteriosas de las flores que persigue de paso algún rayo fugitivo de la luna. ¡Imposible! ¡Imposible! En la cabeza aturdida solo se siente luchar el pensamiento, sin poderse equilibrar.

La literatura, ese sueño de la mujer espiritual y sensible, no puede realizarse cuando ella ha contraído deberes tan sagrados como los del hogar. El inteligente y espiritual Dr. Vergara V. ha dicho muy bien al decir que si el hombre de negocios que cultiva su imaginación hace un milagro, la mujer hace tres. Y él tiene razón porque las “mujeres casadas sacrifican a las musas; pero al pie de las cunas de sus hijos y después de haber atizado la llama en el hogar cumpliendo con los deberes de esposas y madres cristianas”. La mujer, abnegada hasta el más sublime sacrificio, no vacila jamás en tomar lo amargo de la copa para hacerle al hombre menos detestable el resto. Y, dígase lo que se quiera, la parte peor del matrimonio la tomamos las mujeres. Para los hombres, en el curso del día, se guarda la poesía del hogar; para nosotras, la fea prosa de las largas noches de insomnio, y tantas otras incomodidades que sería largo referir.

Cuando una pobre madre logra el silencio de la noche, ya está cansada, fatigada su alma de luchar con la estupidez de las criadas, esa cruz abominable, la peor del matrimonio, y de lidiar con los hijos, porque las criadas del día entran a las casas a servir de señoras. Así es que si por no embotar su pensamiento pretende escribir sus impresiones del día, su malestar, su espíritu fatigado, no la dejan.

Mi largo artículo se quedó esta vez con el epígrafe, porque meditando y pensando sobre lo que sucedía en casa al toque de oración, se pasó rápidamente el tiempo y cuando menos acordé sonaron las doce en el reloj. Me levanté sorprendida de la rapidez de las horas, y me fui a la cama preguntándome si realmente era un sueño la literatura para la mujer casada.

La noche siguiente, después de acostar a los niños y dejar la casa en paz, me fui al escritorio con la firme intención de escribir. “Esta noche sí escribo”, exclamé, “pues si no brilla en mi escrito, la lucidez que reflejan las sonoras, fáciles y hermosas composiciones del paisano Dr. Echeverri, ni se gusta en él la cadenciosa música que imprimen en su elegante prensa Madiedo, Samper, Vergara, Borda y Caro, si me falta en fin la luz del genio, por lo menos brillará la verdad, pues lo que voy a escribir es la copia fiel de lo que siento”. Pero esa noche era el reverso de la anterior: sin luna, sin una sola estrella, melancólica y fatídica como el destino –un frío glacial entraba por los postigos de las ventanas, el viento apagaba la luz, todo era calamidad–; está visto, ya no podré escribir jamás.

Diciendo esto, me preparaba a levantarme cuando un terceto de gritos puso término a mis nocturnas ilusiones literarias.

La noche subsiguiente, fiel a las ideas que me dominaban, emprendí mi tarea de nuevo y me preparaba a escribir cuando entró mi cara mitad llevando un periódico en la mano.

–¿Qué escribes? –me dijo.

–Nada –le contesté–. Quisiera escribir algo sobre la noche; pero las cosas de casa son tan prosaicas que por esto creo que no se realizará jamás mi pensamiento, pues hace tres noches consecutivas que reposa el mero epígrafe del largo del artículo que tengo en la cabeza –y le señalé el papel donde realmente solo había escrito “la noche”.

–Mejor que no hayas escrito –me contestó–, porque en este periódico (que era el número 28 de El Oasis) hay un hermoso artículo de Selgas que lleva el mismo título.

Esa vez me alegré casi, porque aunque muy bien me supuse que la noche de Selgas no trataría sobre los asuntos de casa, bastaba para mí que el solo título estuviera al servicio del ilustre español. Tomé el periódico y leí con mucho gusto su sentida como hermosa producción.

Selgas, ese dulce poeta que canta con su corazón de niño, con el vigor del genio todo lo que es bello, justo, noble, grande, magnífico y sublime. Dulce y adorable poeta que reúne al poder de su brillante inteligencia la suave delicadeza de la sensitiva imagen de su ternura por todo lo que es bello. Y si “el estilo es el hombre” (perdonadme el Sr. Santos Jaramillo), los ojos de Selgas deben ser azules, porque según la valiente expresión del Dr. Samper, “unos ojos azules son por lo común dos miniaturas del cielo”; y ese hombre que entusiasma y avasalla por su genio, que permite admirar sin conocer los soberbios cuadros que salen de su pluma, rebosando de poesía de inalterable lógica, ese hombre debe tener en sus ojos la expresión y el reflejo de esos cielos que canta tan admirablemente.

Después de releído tan lindo artículo, con mucha calma tomé la pluma y la pasé dos o tres veces sobre “mi noche”, pues en realidad yo no trataba de describir sino “mis noches” y esta vez, como las otras dos, mis castillos de literatura vinieron al suelo. Sin embargo, la cuestión se reducía a buscar otro nombre para encabezar mi artículo, pues está visto que las grandes empresas estimulan las pequeñas.

Al día siguiente me propuse escribir, pero era lunes y la casa estaba en un desorden espantoso, porque aunque mis tres hijos están pequeños, dos de ellos me dan que hacer por ocho.

El día anterior, estando yo fuera de casa, los niños de la vecindad en compañía de los míos, o diré más bien, los míos en compañía de los otros, se subieron al balcón con una hornilla que contenía ceniza y carbón, y no solo no se contentaron con regarlo todo, sino que también sobre las tablas pintaron triques y enormes y fierísimos matachines, dejándome la escala en un estado tristísimo, embadurnada de carbón y ceniza. La lavada de la escala era, pues, la primera ocupación del día y ordenar que fuera un peón a limpiar con cal las paredes de los corredores que estaban llenas de arañazos y sendos figurines por el estilo de los de la escala. En esto y en arreglar la casa se pasó un poco de tiempo. Después de almuerzo empezaron a llegar visitas hasta las tres, hora de comer en casa. Un rato después de la comida, cuando soñaba con la deseada hora, oí un ruido como de una tabla rodando, seguido de un grito agudo. “¡Santísimo Dios!”, exclamé, “ya se mató algún muchacho”. Ese golpe siempre fue en la cabeza de Alfonso que sonó. Una tabla de un sobrecielo que estaba en falso y que el inquieto niño hacía días estaba molestando con el palo de una escoba se desprendió sobre su enemigo y le rompió la frente.

Confundida con la travesura inaguantable de tan indomable muchacho, sin saber qué hacer, y afanadísima con este contratiempo, ocurrí a buscar papel inglés para vendarle la herida, y una vez que cesó el llanto me puse a leer los periódicos del correo que habían llegado de Bogotá. Cuando concluí ya era bastante tarde y se acercaba la terrible hora de oración con todo su ruidoso séquito. Ya no era posible escribir y me resolví a aguardar la noche.

En efecto, después de que pasó la tempestad, infatigable en mis ideas, fui al escritorio y esta vez más afortunada logré escribir, pero no sé lo que escribí, porque a una hora más avanzada de la noche me levanté para irme a la cama. Solo recuerdo que el título era “El hogar”.

Y ahora, mi querido lector, pregúntame, ¿dónde está ese artículo, que ya me tienes fastidiado con tus largas digresiones y con tu pesadísima prosa? ¡Paciencia! Voy a referirte en dos palabras el breve martirologio de mi humilde producción.

El martes como a las cuatro de la tarde, libre de los hijos y de todo lo que me molesta a tiempo de escribir, me fui al escritorio a poner en limpio el borrador de “mi hogar”. Tristísimo y amargo era el desengaño que me aguardaba. La pieza estaba inconocible: muebles, papeles, libros, todo rodaba por el suelo en el más miserable estado –lleno de arenilla y tinta; dos tinteros que estaban en la mesa los habían derramado sobre todo lo que había en la pieza–. La más soberana incomodidad se apoderó de mi ser: la rabia, el despecho y por último la más engañosa calma se sacudieron en mí con extraordinaria rapidez. Salí a preguntarle a las criadas quién había abierto las puertas a esos genios de la destrucción.

–Pues su mercé mesma –me contestó Juana, una de las criadas–. Cuando mi seño Triana vino de visita a prestar un número de Los Locos dejó sin llave la puerta y el niño grande y la niña María se entraron de rejilón y cuando yo fui ya habían derramao la tinta, y luego porque su mercé no se pusiera más brava les cerré la puerta y los dejé adentro, y cuando busté jué a sacar la visita al portón les abrí otra vez y salieron.

Por toda respuesta me entré al aposento diciendo: “Bendito sea Dios, que ni por más que una se mate consigue quién le sirva con voluntad y con interés por las cosas de la casa”.

En esto entró mi esposo de la calle y me dijo:

–¿Que tienes, hija, que estás con esas bravatas?

–¡Qué he de tener! ¿No sabes que no hay cosa peor en el mundo que lidiar con voluntades ajenas?

–¿Qué ha sucedido, pues? –me replicó con la calma que lo caracteriza.

–Ven –le dije– y lo sabrás.

Y lo llevé a la pieza para mostrarle la obra de mis hijos y de la estupidez de una criada.

–Mira –le repetí–, esos diablillos han dado al traste con mi querido manuscrito, fruto tardío de cuatro largas noches.

–¿Qué hemos de hacer, hija? ¿No son nuestros hijos? ¡Y cómo es que hemos de vivir sin quién nos sirva, cuando la cruz negra es indispensable a la cruz blanca!

–Verdaderamente –le contesté llena de incomodidad– son nuestros hijos. No vuelvo nunca a escribir, no se entiende una sola palabra de lo que escribí; no solo me han roto mis demás manuscritos sino que a este le dieron baño de tinta.

–Cálmate, hija. Luego cuando estés en paz, sin la bulla de esos chinos, escribes otro artículo sobre el mismo asunto.

–¡Dios me libre! –Le respondí–, cuando todo se me queda en proyecto y luego una función de estas acaba de arreglarlo todo.

Y salí otra vez de la pieza, desalentada y palpando la fría realidad de que en esta tierra las mujeres casadas no seremos nunca literatas.

Es por esto, mi piadoso lector, que no ha visto la luz pública mi artículo, pues no salió vivo del escritorio. Allí mismo murió a fuerza de baños de tinta, y es por eso que al referirte lo que me ha pasado he llamado a esto “Proyectos de literatura”.

miércoles, 10 de enero de 2024

YO ES OTRO (Rimbaud)

 

Yo es otro (Arthur Rimbaud)

De Arthur Rimbaud a Georges Izambard

Charleville, 13 de mayo 1871

Estimado señor:

Ya está usted otra vez de profesor. Nos debemos a la sociedad, me tiene usted dicho: forma usted parte del cuerpo docente: anda por el buen carril. — También yo me aplico este principio: hago, con todo cinismo, que me mantengan; estoy desenterrando antiguos imbéciles del colegio: les suelto todo lo bobo, sucio, malo, de palabra o de obra, que soy capaz de inventarme: me pagan en cervezas y en vinos. Stat mater dolorosa, dum pendet filius, — Me debo a la Sociedad, eso es cierto; — y soy yo quien tiene razón. Usted también la tiene, hoy por hoy. En el fondo, usted no ve más que poesía subjetiva en este principio suyo: su obstinación en reincorporarse al establo universitario —¡perdón!— así lo demuestra. Pero no por ella dejará de terminar como uno de esos satisfechos que no han hecho nada, porque nada quisieron hacer. Eso sin tener en cuenta que su poesía subjetiva siempre será horriblemente sosa. Un día, así lo espero, — y otros muchos esperan lo mismo —, veré en ese principio suyo la poesía objetiva: ¡la veré más sinceramente de lo que usted sería capaz! Seré un trabajador: tal es la idea que me frena, cuando las cóleras locas me empujan hacia la batalla de París —¡donde, no obstante, tantos trabajadores siguen muriendo mientras yo le escribo a usted! Trabajar ahora, eso nunca jamás; estoy en huelga.

Por el momento, lo que hago es encanallarme todo lo posible. ¿Por qué? Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme Vidente: ni va usted a comprender nada, ni apenas si yo sabré expresárselo. Ello consiste en alcanzar lo desconocido por el desarreglo de todos los sentidos. Los padecimientos son enormes, pero hay que ser fuerte, que haber nacido poeta, y yo me he dado cuenta de que soy poeta. No es en modo alguno culpa mía. Nos equivocamos al decir: yo pienso: deberíamos decir me piensan. — Perdón por el juego de palabras.

Yo es otro. Tanto peor para la madera que se descubre violín, ¡y mofa contra los inconscientes, que pontifican sobre lo que ignoran por completo!

Usted para mí no es Docente. Le regalo esto: ¿puede calificarse de sátira, como usted diría? ¿Puede calificarse de poesía? Es fantasía, siempre. — Pero, se lo suplico, no subraye ni con lápiz, ni demasiado con el pensamiento.


sábado, 6 de enero de 2024

El curioso incidente del perro a media noche

sobre este libre

a mi me pareció un hueso duro de roer, era la segunda vez que intentaba leer este libro (la primera vez fue hace diez años) y entendí que mi dificultad radicaba en que se demora en llegar a al nudo real del asunto, que es el tema del matrimonio de los padres de Christopher y que esto hace que al principio la lectura se sienta cuesta arriba. Una vez se expresa ese nudo el texto empieza a fluir por sí mismo,  (aunque me salté todas las explicaciones matemáticas)  y eso me pareció revelador, pues es lo que estamos trabajando, si no hallamos la trama desde el principio y no dejamos ahí el anzuelo para que el lector lo agarre corremos el riesgo de que abandonen nuestro libro en las primeras páginas, pues casi a nadie le interesa la investigación detectivesca de un perro muerto, en cambio, un enredo de sábanas, eso sí que es interesante. 

También estoy de acuerdo en que el libro está estructurado de una manera muy lógica, la misma lógica que va dentro de la cabeza de Christopher, y que las personas comunes no estamos acostumbradas a este tipo de estructuras tan rígidas. En el libro no hay poesía o metáforas y cuando las usa aclara porqué no lo son... esto es irónico y quizá una burla también a cualquier tipo de literatura, lo cual es cómico porque se trata de una novela. 

Leí una entrevista de Mark Haddon acerca del libro The Curiously Irresistible Literary Debut of Mark Haddon - Powell's Books (powells.com)

y me pareció que Haddon,  originalmente un ilustrador tiene algo de Christopher, aunque obviamente Mark es completamente funcional y es un artista y escribe buenas novelas, pero Christopher también hace buenos dibujos, y va a ir a la universidad a estudiar física y también escribe buenas novelas,

Al final creo que el libro ha tenido tanto éxito porque logra rozar un poco algo inquietante, o las mentes inquietantes de personas o caracteres que nos cuesta entender,

por último, creo que existe un gran espectro de personas que siendo muy rígidas también pueden escribir buenos libros, o mejor dicho, ¿será que para escribir una buena novela uno necesita ser psico-rígido? jajaja, ahora me sale la duda. 

Saludos y de nuevo gracias, 

 

 The Curiously Irresistible Literary Debut of Mark Haddon (powells.com)

martes, 12 de diciembre de 2023

Los armarios vacíos por Annie Ernaux

La transgresión en esta novela es: 

En 1964 una estudiante francesa de literatura moderna está abortando, 

en el medio de la crisis existencial que le genera el hecho del aborto recuerda su infancia, como hija de los dueños de una tienda de abarrotes en una pequeña provincia del norte de Francia. 

Y cómo ha sobresalido a través de sus estudios, siendo la más brillante de su clase. 

Justo su brillantez e inteligencia es el origen de la ruptura en la que se da cuenta que nunca ha pertenecido a la clase social a la que deseaba ser desde que pisó la escuela privada. ´

Cuáles eran las aspiraciones de sus padres y la diferencia entre esto y sus aspiraciones personales y el cuerpo, siempre el cuerpo y el deseo del que no ha podido desprenderse desde que tiene uso de razón. La sexualidad de las niñas, etc, las fantasías sexuales de la infancia.

En la novela, Annie Ernaux nos muestra cómo la culpa y la vergüenza se construyen sobre los estereotipos de las clases sociales. 

Las expectativas que ponen las familias en la educación de sus hijas. 

La culpa viene de esas expectativas que las familias en ascenso ponen sobre la educación de sus hijas

¿Qué pasa cuando la educación está basada en preceptos religiosos ultracatólicos?

Los armarios vacíos es una novela vital

en la entrevista se reflexiona sobre cómo el tema de la moralización de la infancia y nos remiten a dos lecturas necesarias para entender la sociedad francesa en los tiempos modernos (o de la primera parte del siglo XX): 

Las pequeñas niñas modelo de La Condesa de Ségur

y La Taberna de Emile Zolá. 

de la moralización de las niñas a través de la educación

la ruptura entre la educación y la sociedad

los abismos entre las clases sociales, 

la culpa y la vergüenza, 

son algunos de los temas de los que trata esta novela

Entrevista sobre los armarios vacios de Annie Ernaux

martes, 28 de noviembre de 2023

Estupor y temblores de Amélie Nothomb

 




Terminé de leer la novela corta de la escritora belga Amélie Nothomb, 

esta novela fue escrita en 1991 y publicada en 1999, 

el acoso laboral es el gran tema de la novela, con un estilo directo y de humor negro. 

Una joven belga francófona de veintidós años que aspira a ser traductora en una empresa japonesa cuenta su primera experiencia laboral en una gran corporación en Tokio, sus modales, actitudes, sagacidad e inteligencia le resultan muy pretenciosos a sus superiores y día tras día le asignan destinos más degradantes hasta que termina limpiando los baños de uno de los pisos del edificio. 

Todos los días se defenestra por los enormes ventanales del piso cuarenta y uno. Solo su gran imaginación logra mantenerla en pie, aunque no precisamente viva, logra mantenerla en estado de ESTUPOR* o temblor.

Por fortuna para ella esta parte del cerebro que fantasea, es lo único que no pierde en el estado casi vegetativo al que ha sido sometida. Ayudada también por el romanticismo propio de los recuerdos de la primera infancia, donde la autora vivió hasta los cinco años.

Esta novela es un acto de valentía de autoafirmarse luego del trauma a través de la escritura y la memoria y del arte como manifiesto político. Esa es la grandeza de Nothomb.

Sobrevivir a la violencia corporativa es un acto de heroísmo. En el país más productivo del mundo, Nothomb reflexiona ¨si por algo merece ser admirada la (mujer) japonesa -y merece serlo- es porque no se suicida¨. 

¿Cómo han logrado millones de mujeres en el mundo mantenerse o ascender en un mundo laboral erigido en la misoginia?

Lorena Escorcia.

*(Estupor: Estado de inconsciencia parcial caracterizado por una disminución de la actividad de las funciones mentales y físicas y de la capacidad de respuesta a los estímulos )

miércoles, 15 de noviembre de 2023

Extinción

Extinción

 

Y si no fuera solo un capricho

marinado todos estos años

en un frasco de segunda mano en tu cocina 

que preserva esa imagen tuya y mía

embalsamada en la salmuera de tus deseos

para saciar el hambre de tu espanto

entre dos pedazos de pan duro 

Y si fuera verdad que un día 

Desatara mis manos para romper el cielo

Y lloviznar bajo la sombra de tu árbol

al abrigo de tu hielo

Y si de verdad quisieras un perro

y lo llamamos Niebla

y lo sacamos juntos a pasear una tarde de domingo

Y si no fuera por todos estos años

en los que también he sido tan feliz

con todo lo que no me has dado

Y si no fuera por nuestra inmoral imaginación

Y te confesaras los domingos  

bajo estas cortinas sin ventana

Y desayunáramos todos los días en la misma mesa 

sin acudir al chat de la sodomización intermitente

Y te gustara el café y de verdad a mí

hacer tortas de zanahoria

Y si me acompañaras a las ciudades donde aterrizo 

Y de vez en cuando quisieras caer conmigo sobre esta sábana de lucecitas titilando,

esta sabana de Bogotá

Y si fuera así es verdad que ya no habría razón para el deseo

Y si fuera así es verdad que sólo nos quedaría conformarnos con la extinción

Pero no

mañana me vas a escribir otra vez para preguntarme cómo estoy 



martes, 7 de noviembre de 2023

La muerte en Venecia de Thomas Mann

 

La muerte en Venecia, Thomas Mann

 

Resumen

 

Un famoso escritor en edad madura emprende un viaje hacia la Venecia de principios del siglo XX. Se alberga en un hotel del Lido frente a la playa, allí ve a Tadzio, un adolescente polaco. El escritor delira con la belleza del chico y fantasea con él día y noche. Debería dejar el lugar ante la inminente epidemia de cólera, pero embelesado por el estímulo visual que ofrece el muchacho, se queda en Venecia y muere.  

 

Pregunta dramática

 

 ¿Tadzio le abrirá alguna puerta a Gustav von Aschenbach?



El perro Blanco

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Resumen de mi propuesta

 

A finales de los años noventa en Colombia, el joven Javier Blanco se enamora de Fernando Orozco, su compañero de último año de colegio. Sin poder expresar abiertamente su amor, se embarca en una serie de situaciones para demostrarle su adoración, pero fracasa. Ante la decepción amorosa parte hacia la ciudad donde vivirá experiencias que lo ayudarán a aceptar su orientación sexual.

 

Pregunta dramática

 

¿Javier Blanco encontrará a alguien que sea capaz de amarlo?


SALVEMOS LAS BIBLIOTECAS PÚBLICAS

mi centro de datos favorito es la biblioteca publica PARTE II 21 DE AGOSTO DE 2026 el terremoto nos despertó y el fuego en nuestro departame...