jueves, 29 de mayo de 2014
viernes, 23 de mayo de 2014
Un chat entre Chéjov, Conan Doyle y Céline
CÉLINE: Después de leer algunos
de sus cuentos he llegado a la conclusión de que no debería cambiar su actividad de médico por la de
escritor.
CONAN DOYLE: Yo tampoco lo veo a usted como un artista Chéjov. Si todavía le
queda alguna pasión por la medicina dedíquese a ella y no a ficciones que solo
le darán dolores de cabeza. Mire lo que me pasó a mí con ese Sherlock…
CHÉJOV: Es cierto
que una obra como la Dama del perrito goza de gran insignificancia literaria al
lado de una saga como la de Sherlock o una novela tan espantosamente
conmovedora como El viaje al final de la
noche de Céline.
CONAN DOYLE: Puede que sus creaciones sean triviales pero tiene la fortuna, Chéjov, de que ellas no lo atormentan tanto como a mí las mías. Lo que empezó como el sueño de publicar terminó convirtiéndose
en una pesadilla, no veo la hora de deshacerme de ese personaje que yo
mismo he convertido en un ser absolutamente despreciable.
CÉLINE: Me recuerdan ustedes que los hombres son miserables e incapaces de
valerse por sí mismos. ¿Ni siquiera pueden controlar sus propias
obras? ¿Dejan que esos personajes los aten y los convirtan en sus esclavos?
CONAN DOYLE: Céline, usted se parece al Dr. Watson cuando regresó de
Afganistán. Estaba decepcionado de todo, embargado por un profundo pesimismo, experimentando síntomas de
depresión y angustia que usted manifiesta. Por eso tuve que conseguirle un gran
amigo que lo sacara de sí mismo y ese fue Sherlock Holmes.
CÉLINE: ¡A la mierda con Sherlock Holmes!
Esas aventuras que usted escribe Dr. Conan Doyle no pasan de historietas divertidas
para muchachos. Le aconsejo que le de a sus obras una mayor profundidad y hable de la guerra. En la cual, tengo entendido, usted también ha prestado
sus servicios como médico. La guerra es cien veces más ficticia que la
realidad. ¿No le parece?
CHÉJOV: Quizá sea
muy difícil combinar la profesión de escritor con la de médico, el proverbio
sobre las dos liebres ‘el que sigue dos
liebres, tal vez cace una, y muchas veces, ninguna’ nunca le quitó el sueño
a nadie como a mí.
SCHOPENHAUER
HA ENTRADO A LA SALA DE CHAT
SHOPENHAUER: Ustedes tres podrían escribir un nuevo capítulo de ‘La Miseria
de la Literatura’
CONAN
DOYLE HA SALIDO DE LA SALA
CHÉJOV ABANDONÓ EL CHAT
CÉLINE SALIÓ DEL GRUPO
SCHOPENHAUER HA SUPRIMIDO EL GRUPO
Lorena Escorcia.
lunes, 28 de abril de 2014
Sherlock Holmes, la semiología médica y la cocaína
Sir Arthur Conan Doyle, el creador de
Sherlock Holmes, médico y
escritor, nació en Edimburgo en 1859. En una entrevista,
el doctor Sir Conan Doyle dijo:
‘…yo
tenía un profesor en la escuela de medicina de Edimburgo, el
Dr. Joseph Bell, que veía a los pacientes con ojos de detective. Dificilmente el Dr. Bell dejaba a sus pacientes abrir la boca, pero diagnosticaba, deducía la nacionalidad, ocupación y otras cosas de la vida del enfermo, usando solo su extraordinaria capacidad de observación...’
La semiología médica no fue la única fuente de
inspiración para el Dr Conan Doyle; también lo fueron los viajes: en su
tercer año de medicina se embarcó como cirujano en un ballenero destino al
Círculo Polar Ártico, luego escribiría una historia de aventuras: ‘El capitán
de la Estrella Polar’. Posteriormente trabajaría como médico en un barco de vapor:
‘El Mayumba’ que hacía viajes entre Liverpool y África.
El Dr. Conan Doyle pasó varios años
debatiéndose entre prosperar como médico
y ganar reconocimiento como escritor, hasta que en 1887 publicó
‘Estudio en Escarlata’ donde apareció Sherlock Holmes, el detective más famoso de todos los tiempos y gracias
al cual se popularizó la literatura de misterio.
Quienes hayan leído alguna de los sesenta historias que escribió Sir Conan Doyle sobre las aventuras de Sherlock o hayan
visto cualquiera de las cientos de adaptaciones que se han hecho para el cine o la
televisión, no habrán escapado del carácter extravagante y petulante de Sherlock, capaz de sacar todos sus casos
adelante a pesar de su enorme carga de trabajo. En la época en
que Sir Conan Doyle escribió sus novelas, la cocaína y la heroína eran de uso
legal. El mismo Watson, nos cuenta lo que vio y pensó del comportamiento de Holmes y los
consejos que se atrevió a darle respecto al uso de las drogas:
Sherlock Holmes
cogió la botella del ángulo de la repisa de la chimenea, y su jeringuilla hipodérmica
de su pulcro estuche de tafilete. Insertó con sus dedos largos, blancos y
nerviosos, la delicada aguja, y se remangó la manga izquierda de la camisa. Por
un instante sus ojos se posaron pensativos en el musculoso antebrazo y en la muñeca,
cubiertos ambos de puntitos y marcas de los innumerables pinchazos. Finalmente,
hundió en la carne la punta afilada, presionó hacia abajo el delicado émbolo y
se dejó caer hacia atrás, hundiéndose en el sillón
forrado de terciopelo y exhalando un profundo suspiro de satisfacción.
Durante muchos
meses había presenciado esa operación tres veces al día; pero la costumbre no
había llegado a conseguir que mi alma se adaptara. Por el contrario, cada día
que pasaba me sentía más irritado ante ese espectáculo, y todas las noches
sentía sublevarse mi conciencia al pensar que me había faltado valor para
protestar. Una y otra vez me había yo prometido que le diría todo lo que
pensaba al respecto; pero había algo en las maneras frías y despreocupadas de
mi compañero que lo hacían el último de los hombres con quien uno siente deseos
de tomarse algo parecido a una libertad. Su gran energía, sus maneras
dominadoras y la experiencia que yo había tenido de sus muchas y
extraordinarias cualidades, me restaban confianza y me hacían reacio a llevarle
la contraria.
Sin embargo, ya
fuese efecto del Beaune que yo había tomado en la comida, o la irritación
adicional que me producía el proceder de extrema de liberación con que Holmes
actuó, el hecho es que aquella tarde tuve la súbita sensación de que no podía
contenerme por más tiempo, y le pregunté:
—¿Qué ha sido
hoy: morfina o cocaína?
Levantó sus
ojos con la languidez del viejo libro de caracteres
góticos que había abierto.
—Cocaína
—dijo—. Una solución al siete por ciento. ¿Le gustaría probarla?
—De ninguna
manera —contesté con brusquedad—. Mi constitución física no ha superado aún por completo la campaña del Afganistán. No
puedo permitirme el someterla a ninguna tensión anormal.
Holmes sonrió
ante mi vehemencia.
—Quizá tenga
usted razón, Watson —dijo—. Me imagino que su influencia es físicamente mala. Sin embargo, encuentro que estimula y aclara
la mente de una forma tan trascendental, que sus efectos secundarios me
resultan pasajeros.
—¡Reflexione
usted! —le dije con viveza—. ¡Calcule el coste resultante! Quizá su mente se estimule y se excite, según usted asegura;
pero es mediante un proceso patológico y morboso, que provoca cambios en los
tejidos y que pudiera dejar al cabo de un tiempo una debilidad permanente.
Sabe usted,
además, qué funesta reacción se produce cuando finalizan sus efectos. Le aseguro
que es un coste demasiado caro. ¿Para qué correr el riesgo, por un simple
placer pasajero, de perder esas grandes facultades de que usted se halla
dotado? Tenga presente que no le hablo tan sólo como amigo, sino como médico a
una persona de cuyo estado físico es, hasta cierto grado, responsable.
No pareció
ofenderse. Al contrario, juntó las puntas de ambas manos, apoyó los codos en
los brazos del sillón, como quien siente deseos de conversar, y dijo:
—Mi mente se
subleva ante el estancamiento. Proporcióneme usted problemas, proporcióneme trabajo,
deme los más abstrusos criptogramas o los más intrincados análisis, y entonces
me encontraré en mi ambiente. Podré prescindir de estimulantes artificiales.
Pero odio la aburrida monotonía de la existencia. Deseo fervientemente la
exaltación mental. Ahí tiene por qué he elegido esta profesión a que me dedico,
o, mejor dicho, por qué razón la he creado, puesto que soy el único en el mundo
que la practica.
El signo de los cuatro (fragmento)
Sir Arthur Conan Doyle, 1890
Uno de estos días volveré a hablar de médicos escritores. Quizá de otro médico que se dedicó al arte de narrar: El Dr. Watson. O el mismo Dr Conan Doyle, que embestido y apabullado por el insoportable carácter de Holmes tuvo que matarlo, aunque luego lo revivió a petición del público.
Lorena
Escorcia Hernández.
viernes, 18 de abril de 2014
De cómo un pintor pasó a la eternidad
A Gabo,
I don't want to achieve immortality through my work; I want to achieve immortality through not dying. -Woody Allen, Without Feathers
Ya había hecho dos intentos de suicidio: el primero saltando de la cama, clavándose en el suelo de cabeza, delirando con un pozo de agua, el segundo tendiéndose en la terraza del hospital, desnudo y con los ojos fijos en el sol ardiente. Ese jueves santo, cuando el enfermero entró en la habitación para darle el almuerzo: caldo de pollo con cilantro, tostadas y pastillas, encontró la cánula de oxígeno sin el paciente insolado sobre el lecho. Presumieron otra excentricidad de la demencia o que se había olvidado del camino al regresar del baño; lo cierto es que no estaba ni en la terraza ni debajo de la cama y ya había pasado el medio día desde que el desahuciado se diera a la fuga en pijama y bicicleta.
Le había tomado ochenta años
elegir una muerte por asfixia. Nunca tuvo la más mínima intención de renunciar
al vicio: doping, estimulante, relajante, inspiración, sueño, vigilia, amigo o
soledad. Tenía un pacto matrimonial, fiel y resignado con el cigarrillo.
Una ambulancia y dos patrullas de policía que perseguían al
octogenario lo interceptaron en la ciclo-ruta. Al verlo caído sobre las hojas
amarillas, resoplando con un halo índigo alrededor de la boca, lo reanimaron. Sintió
la subluxación de la mandíbula, el tubo que le pasaba por la tráquea, el aire
que no le entraba a los pulmones. Con la mirada fija en el cielo azul y un
dolor más allá de la consciencia, le gritó al corazón que por favor parara y el
corazón paró. Lo cual le extendió la vida por otros treinta minutos en los que
le insertaron energía con paletas eléctricas. En eso estaban cuando un agujero
de color ocre rojo se extendió desde el centro de su cuerpo. En los últimos
segundos de su vida los paramédicos vieron el cuerpo desaparecer en la hojarasca,
convertido en hormigas oscuras, rojas, rápidas; algunas llevando
pétalos, otras un pedacito de carne o hueso, otras un trozo de tela, siguiendo
un camino sin fin...y mariposas amarillas volando por montones repartidas hacia
todas las dimensiones del tiempo.
Vinieron la prensa, la familia,
los amigos, las mujeres, los hijos, los alumnos, los admiradores, los mecenas...
—No hay ningún
cuerpo, —declararon los del hospital.
Luego de la desaparición, la
policía lo siguió buscando convencida de que los paramédicos habían sufrido un episodio de esquizofrenia
colectiva. Lo cierto es que quienes lo reanimaron quedaron salpicados de
sienas y amarillos, de ocre natural y tostado. Pasó una eternidad antes de que pudieran quitarse ese
color de la piel, a pesar de baños termales y sulfúricos.
—Se lo tragaron las
hojas, —dijeron con la cara pintada.
Era que el pintor se había transmutado
en los colores.
Lorena Escorcia
jueves, 10 de abril de 2014
La pitonisa de San Mittre
Cuando cae la noche el ejido de San Mittre se vacía, se vuelve profundo, semejante a un gran agujero negro. Al fondo, sólo se vislumbra el resplandor agonizante de la hoguera de los gitanos y los ojos de Arianne, que va y viene en el balancín, siguiendo con su mirada a quienes pasan, esperando a que alguno se siente a su lado y le pida que le cuente el futuro.
Gustave no se resiste a esos ojos y no les teme. Al final de la jornada, luego de apilar la madera a lo largo de la muralla de fondo,se lava las manos en la fuente, las seca con un trapo empolvado, se sienta junto a Arianne, en el balancín.
—¿Quiere que le lea la mano, Señor? —pregunta Arianne a Gustave.
—¿Porqué, usted es pitonisa, o algo así?
—No. Señor. Soy solo una gitana, leo las cartas, el tarot. Veo el
pasado y el futuro en la palma de la mano. ¿Está interesado en mi servicio?
—No tanto en su servicio como en sus ojos. —Contesta Gustave y
le extiende la mano, con la palma abierta hacia el cielo. Arianne se levanta del
balancín y hace correr un viento de abril. Él se cae de espaldas y se moja los
pantalones en un charco de lluvia primaveral.
—Disculpe. Me vuelvo torpe cuando estoy nervioso —dice.
Arianne le toma ambas manos por el dorso, se queda varios segundos
en silencio, con la mirada absorta en cada línea.
—En su mano izquierda veo su pasado —dice Arianne—. Usted hacía muebles
para Joséphine, en una vida pasada, claro está. Por eso es imposible que lo
recuerde, como tampoco recordará que luego
se convirtió en huesos; huesos acarreados en volquetas que vieron pasar las
gentes de Plassants, huesos que no fueron arrancados del cementerio sobre el
que hoy estamos parados. Los niños han hurgado en su calavera.
—¿Dice usted que estamos parados sobre un cementerio?
—Si. ¿No lo sabía? Pero eso no importa, de todas maneras es
imposible que lo recuerde. Es imposible recordar cuando uno está enterrado. No en
lo superficial, sino enterrado de verdad, profundamente en las raíces de los
árboles más altos. Concentrémonos mejor en lo que esto significa...
—¿Es que pueden tener algún significado, todas las estupideces que
está diciendo? —Interrumpe Gustave.
—¿Porqué no creer que es así? Significa que su vida siempre le ha
pertenecido al ejido y a él debe volver. Pero sigamos con el presente -lo único
importante, para algunos-. Usted es carpintero y durante años tuvo su taller en
Bougival, luego vino la guerra franco-prusiana, usted
ha combatido. Por partir a la guerra abandonó su negocio y una mujer. Cuando
regresó ella estaba con otro. Lo siento mucho. Aunque quizá no fue ella la que
lo hizo abandonar su vida en Bougival sino otra cosa. ¿Quería hacer una
gran fortuna y no pudo en el primer intento? No sea ingenuo, señor. No sea
ingenuo. Eso es lo que dice su mano izquierda. —Y al terminar esa frase se
quedó viéndolo a los ojos, esperando otra pregunta o un gesto de adrenalina, unas pupilas que se abren o se cierran, un suspiro, o un ligero movimiento de la mano.
—Increíble. Lo del presente es medio cierto. Lo del pasado, usted
dice que no puedo recordarlo—. Gustave se queda pensativo. No recuerda haber
abandonado a ninguna mujer durante la guerra. —Pero continúe por favor, hábleme
del futuro. ¿Esto me costará mucho?
—No, solo diez francos, por el pasado que ya vi en su mano
izquierda, y otros veinte por el futuro que veré en su mano derecha.
—Está bien. —Le pasa la mano derecha.
—En esta mano veo que encontrará el amor y que nunca tendrá la
fortuna a la cual aspira. Usted no será jamás un hombre rico, aunque estoy
frente a un hombre generoso y sé que saldrá de las dificultades… hasta cierto
punto, mire: ¿ve que la línea de la vida se corta, cuando es interceptada
por el amor? El destino le jugará una mala pasada, quizá en relación con su
trabajo. Ya sé. Lo veo claramente. Usted no tiene mano. Su mano derecha ya no
está, desaparece. ¡Ya sé! Perderá su mano derecha en el aserradero. Llegados a
este punto de la lectura, debe saber que siempre existen caminos, maneras de
escapar a la fatalidad del destino. ¿Quiere que le muestre las opciones que
tiene?
—¡Si, por favor! Tenga la gentileza de mostrarme mis opciones.
—Esa gentileza le costará otros veinte francos.
—¡Hágalo! —Y saca todas las monedas del bolsillo. —¡Tome!—. Y le da cincuenta francos completos.
—Usted tiene dos opciones, la primera es irse de aquí, y
conservará su mano pero nunca encontrará el amor. La segunda es quedarse y
encontrará el amor. Pero perderá la mano.
—Ya sabía que había algo en usted que me gustaba, desde que la vi
quería escuchar su voz, y no me arrepiento de haberme acercado, de haber visto
así fuera un solo atardecer de Plassants en su compañía —contesta Gustave,
sudando frío—. Da placer que sus manos suaves contengan las mías, como pájaros
entre pájaros. Que sus ojos puedan leer mi vida. Desde hace tiempo tengo
pensado quedarme en el ejido. Yo a usted, la he visto todas las tardes, sentada
en este balancín, y quería pedirle si fuera posible intercambiar más que
palabras, visiones y monedas, quizá encontrarnos de nuevo…
—No lo sé. —Arianne corre a sentarse en torno a la hoguera.
Desde esa tarde, cada vez que Gustave corta un trozo de madera, se
imagina el momento en el que se amputa la mano con la sierra. Es una imagen
recurrente. Los días pasan y varias cuadrillas de hombres feroces merodean el
ejido. Una mañana Arianne viene al
aserradero. Se para en la puerta su silueta oscura, de aura solar.
—¿Qué quiere? —le preguntó Gustave enojado—. Era tarde y estaba
cansado de trabajar.
—Que me preste atención.
—No quiero que me hable del futuro. Además no tengo ni un franco
en el bolsillo. —El rostro se le enrojeció. Arianne corre, se esconde trás de
la puerta. Gustave no ha terminado de segar un tronco. Se concentra en el
corte. Un grupo de hombres gritando entra al aserradero, tiran con violencia
las tablas apiladas contra el muro, el mismo segundo que Gustave pasa el
corazón del árbol por los dientes de la sierra. Pasa también la piel, el
músculo y el hueso. Mano, sangre, y madera fueron a parar al piso. Los hombres
salieron tan rápido como habían entrado. Un grito de dolor y Arianne buscando
la mano de Gustave.
Con la cicatrización llega el entendimiento. Una tarde Gustave busca a
Arianne, camina hasta el balancín:
—¿Qué quiere? —pregunta Arianne.
—Una mano por una mano. Abandone a su familia de gitanos y venga a
vivir conmigo en el depósito de madera.
Arianne acepta.
Gustave ahora es carretero de arrabal. Trae y lleva enormes vigas,
de diez a quince metros, desde el ejido hasta el pueblo. Arianne se sienta
todas las tardes en el balancín del ejido de San Mittre.
¡Vayan a verla! Pregunten por El Manco y La Pitonisa.
Lorena Escorcia Hernández.
La historia es mi adaptación del ejido de San
Mittre, un lugar descrito por Émile Zola
en La fortune des Rougon.
jueves, 27 de marzo de 2014
Bovarismos 2014
La primera
vez que tuve que elegir entre la medicina y la literatura me fui por la primera,
hay momentos en la vida en los que te obsesionan los desafíos, y te lanzas contra los molinos de viento. Con el tiempo el
corazón, que es paciente y nunca se rinde, gana todas las batallas.
El acto de
sanar pasa por la palabra.
El médico salva
los cuerpos, a veces los mata.
El escritor salva
las almas, a veces las hunde,
La libertad
de expresión es la más peligrosa de las libertades.
Y voy, a hundirme en los abismos literarios,
A naufragar en
los barrancos del cielo, a enterrarme en el mar,
A quebrarme,
rehacerme, inventarme…
Como los
animales fantásticos, con los que quiero perderme en el océano.
Mis dedos
bailan sobre el teclado
Las imágenes
se fugan por mis cabellos,
Aparecen a borbotones
¡Estoy
poseída!
Poseída de verbos
y palabras.
Ayer
recibimos con mucha emoción el fallo del jurado de Premio Internacional de Narrativa
Femenina Bovarismos 2014:
Lorena
Escorcia Hernández
miércoles, 19 de marzo de 2014
Q.E.P.D. Fadia Martínez
<Q.e.p.d. Fadia Martínez. Mona: Que Dios
te tenga en su gloria> Amaneció la nota pegada en el muro de una ex
compañera de colegio, que vive en Nueva York. Ese post me rondó todo el día la cabeza. Es raro en nuestra tierra que
alguien sea naturalmente rubio y Fadia lo era. Rubia, carismática, energética. Me
acuerdo de ella en pantalonetas y el balón de basket debajo del brazo. Hacía los mejores quites y los mejores
pases, una lideresa deportista y además bonita. Fadia era un ejemplo de que la
vida es bella, de que siempre se puede seguir adelante, de que el deporte es
sano y de que debes estudiar y convertirte en profesional, ser independiente, echao pa’lante, como se dice.
—¿De que pudo haber muerto Fadia?
—Le pregunté
a mi madre ayer por la tarde, cuando la llamé.
—¿Cuál Fadia?
—Fadia Martínez, la hija del profesor Martínez,
mi compañera del colegio.
—¿Se murió Fadia?
—¿Si mamá? En el Facebook dicen que se murió.
—¿Y de qué?
—No sé mamá, pensé que usted que está en el
pueblo sabía algo de la noticia.
—Yo no he escuchado nada.
Uno se sorprende de ver los caminos por los
que lo va conduciendo la vida. Fadia tenía treinta y dos años, un hijo de
catorce, era ingeniera de petróleos. Ayer googleé Muerte de Fadia
Martinez, no apareció nada en las noticias ¿De qué pudo haber muerto Fadia? —Me pregunté— ¿Estaría otra vez embarazada? Quizá tuvo un problema ginecológico
¿Cáncer? ¿O un accidente automovilístico? Me di varias explicaciones acerca de
las muertes en las personas jóvenes. Siempre miro la muerte con distancia, con cierta
frialdad que aprendí en la escuela de medicina. Me interesa más la
fisiopatología del asunto. Aunque la muerte parece algo que todos reconocemos —quiero
decir, si uno ve a una persona muerta,
sabe que lo está por la falta de signos vitales o por su frialdad— a veces es
difícil llegar al diagnóstico; sobretodo cuando se trata de niños o personas
jóvenes, tal vez porque son vidas que se acaban temprano, de una manera que es
difícil de creer. Para los médicos, vidas que no le pudiste arrebatar a La
Muerte: esas dos palabras que separan, de una manera tan radical y sutil, dos
estados completamente opuestos. ¿Es que alguien deja de ser cuando se muere?
Si, esencialmente si, deja de existir, deja de ser. Su espíritu vuela fuera del
cuerpo, nos explican las religiones. Me gusta pensar que los muertos pasan a
estado de recuerdos, que están hechos…¿de antimateria? No son precisamente luz,
sino otra manera de ser y de existir, en
un estado etéreo e intangible.
Me estremece pensar que aquí y ahora estoy
tecleando, que tu estás leyendo, y en un instante podría pasar algo inesperado,
por ejemplo, querer ir al baño y rodar escaleras abajo, fracturarse una
vértebra cervical y morir de una falla respiratoria. Me estremece pensar en
todos aquellos que en este momento pueden estar muriendo solos, sin ayuda. Los
viejos en los asilos con respiración paradójica que han firmado el
consentimiento de No Reanimación, los niños en las cunas que dejan de respirar,
incluso durmiendo en la misma habitación, o en la misma cama que sus padres. ¿Sería
que Fadia se estaba bañando el fin de semana en un rio y se ahogó? ¿Estaría
practicando algún deporte extremo y se accidentó? La verdad es que me imaginé
de todo, menos que alguien conocido pudiera ser la protagonista de una historia
tan violenta. Hoy volví a googlear:
<muerte de Fadia Martínez>, está en el diario El Tiempo: La
historia de otra mujer que murió a manos de un policía y la foto de Fadia.
Las circunstancias parecen ahora una historia que se repite, una y cientos de
veces. El hombre era celoso, ella decidió romper con él, él la amenazó con
matarla a ella y a su hijo, ella le puso límites, él logró franquear esos límites
y llegó a su casa el día del cumpleaños de su hijo, armado. Ella corrió al
patio, él le disparó por la espalda y la
remató con un tiro en la cabeza. Luego se suicidó. Fadia no estaba sola, sus
padres estaban en el tercer piso de la casa, bajaron cuando oyeron el primer disparo pero fue tarde. Ya los dos
estaban muertos. Así, tan rápido y
fulminante. Luego de leer esto he estado con tristeza todo el día. Es
como una bomba cayéndole a uno en algún lado del cuerpo, como algo que me
dejará una cicatriz en alguna ranura del cerebro. Otro femicidio, otro
asesinato por razones de género. No es la historia de una mujer que toma
arsénico, como Madame Bovary, es la historia de una mujer asesinada por ser
justamente lo contrario, odiada por amar la vida. El femicidio que nos mata a todas, de a poco,
que nos va picando a pedacitos, nos roba las imágenes poéticas y nos pone a
contar historias repugnantes. Lo escribo porque desde que me enteré no he
podido pensar en otra cosa. Porque, ¿que puede ser más importante hoy sino
hacer una reflexión sobre esto? Porque
me deja una sensación amarga y un sentimiento de tristeza e impotencia. Porque
más allá de lo que puede hacer el arte, la medicina, el derecho, la justicia,
la familia, los hijos, los viajes, el estudio, la profesión, el deporte. Está
el asesino que se le puede salir a alguien en el momento más inesperado, cuando
acabas de celebrar el cumpleaños número catorce de tu hijo y te dices ¡Si! ¡Lo
estoy haciendo sola! ¡Lo estoy sacando adelante! Y que luego de saborear la
torta de cumpleaños con toda tu familia, alguien timbra, abres la puerta y es
la muerte disfrazada del más cobarde de los asesinos. Y no solo esto, no es
solo que haya pasado y que sea trágico, sino que puede volver a suceder.
-
Lorena Escorcia
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