jueves, 5 de julio de 2018

A propósito de las ballenas


 
Lulita era flaca y tenía la piel suave como un durazno maduro, cuando le preguntaban cuál era su secreto, respondía que el agua y el jabón. La pura verdad era otra; le daba pavor ducharse con agua fría y se bañaba sólo una vez por semana. Tibiaba agua en el fogón de la estufa, la mezclaba con sales revitalizantes, aceite de almendras, esencia de eucalipto, luego se añadía ella de cuerpo entero a un platón de aluminio lleno de agujeros. Lula no sabía de tinas ni bañeras, sus caminatas eran desfiles; al sol del medio día le salía al paso con un sombrero de ala ancha, una rosa de jamaica robada del jardín de la vecina y unas sandalias de cuero donde metía unos pies inmaculados de uñas rojo sangre toro, con un anillo de plata en el dedo meñique.

Ella era como uno de esos gatos que no saben por qué vinieron a parar a la tierra ni les importa, llevan una vida de dioses perezosos e indiferentes, creyendo que las sombras, los árboles, los sofás, el plato de agua y la comida, han sido puestos ahí por sus súbditos especialmente para ellos. Bella e ingrata, Lula encontraba fácilmente la condescendencia entre aquellos que morían por el placer de verla rezongar y lamerse en los rincones. 

Cuando el aguacero le saboteaba el desfile, llamaba a Elkin, un moto-taxista que nunca le cobraba la carrera. Se las había arreglado para tener a diario un trasporte gratis y privado hasta el restaurante de los Hare Krishna, donde almorzaba hamburguesas de lenteja o garbanzo, no porque fuera vegetariana o budista, sino porque comer allí era la forma más económica de mantener la figura. Aunque Lulita adoraba las reflexiones taoístas, nunca había pensado en seguir religiones y detestaba los animales domésticos.

Lula trabajaba como consejera sentimental en LA MAMAPACHA ‘Mesa de Apoyo a Mujeres con Mesas de Patas Chuecas y sin Hombres para Arreglarlas’. Institución privada y de prestigio, que se encargaba de resolver pormenores de la vida de madres empleadas y solteras; por ejemplo, arreglar una bisagra o un interruptor, pegar la pata de una silla, reparar una plancha o una lavadora, colgar una hamaca, mover una nevera o un armario. Las clientes eran ciertas mujeres, que ya no querían saber nada de hombres, ni siquiera de sus padres o hermanos, o simplemente carecían de ellos, y estaban dispuestas a pagar para que alguien se ocupara de estos menesteres que le quitan tanto tiempo a las ejecutivas. Trabajaban en esta institución otras mujeres, desempleadas y voluntarias, que al final de la visita dejaban una tarjetita con el teléfono de una línea de apoyo en momentos de crisis emocional. Lula enganchaba a estas pobres mujeres en psicoterapias muy caras que duraban años; resolvía depresiones con moxibustión y obsesiones con sofrología, trataba fobias con registros akáshicos. A los adolescentes les aplicaba el método Tomatis; el kundalini y la geometría sagrada los reservaba para la neurosis y la baja autoestima. También leía la mano y el Tarot. Así pasaba la vida, ayudando personas con el solo interés de construir un mundo mejor.

Un medio día en el almuerzo, vio un aviso de prensa pegado en la cartelera de los Hare Krishna. El gobierno hacía un llamado a consejeros experimentados, solteros y flexibles, para trabajar con las víctimas de violencia conyugal en la selva del Chocó, a cambio de un billete de avión para el pacífico colombiano y un contrato de un año con un sueldo jugoso. Lulita pensó que sería una buena oportunidad para hacer las dos cosas que siempre había soñado y que más necesitaba en ese momento de su vida: viajar en avión y conocer el mar.

En el mapa de Colombia uno puede ver el Chocó, siempre pintado de verde porque es selva tupida, justo al lado el Océano Pacífico. —!Perfecto para mí! —Pensó Lula, cuando vio las fotos online en un catálogo de turismo. Se imaginó con su sombrero por la playa, sus delicados pies sobre la arena caminando descalza y por vez primera frente al mar. Luego de ser entrevistada por la oficina de recursos humanos del gobierno y de que le dieran aprobación, no tardó ni un segundo en avisar a LA MAMAPACHA de su renuncia. Así que recogió en una caja los pebeteros, los inciensos, los termos de café, las pilas de expedientes, el ordenador y dijo para siempre adiós al único trabajo que había tenido en la vida.

Empacó cremas para cada parte de la cara, bloqueador, bronceador, compró más sombreros, más sandalias, trajes de baño y vestidos de seda de flores con tiritas, gafas de sol y unos binoculares; porque era julio y le dijeron que podría ver las ballenas jorobadas, que huyendo del gélido invierno del Polo sur y atraídas por las aguas tropicales, llegaban cada año a aparearse en las costas del Pacífico.

Fue atraída por todo esto que Lulita fue a parar a Istmina, un pueblo a cuarenta grados de temperatura, donde se instaló el diluvio universal desde los tiempos del arca de Noé y llueve trecientos setenta días al año. Cierto que quedaba en el puro centro del Chocó y la llevaron en avión, porque era la única forma de llegar allí. Cierto también que en mil años de historia, a nadie nunca se le ha ocurrido hacerle un camino para ir al mar. Lo primero que hizo Lulita cuando se enteró de que no había carretera, fue preguntar cuanto valía un pasaje de avión para ir hasta la costa pacífica, a ver las ballenas jorobadas, se encontró con que el tiquete valía tanto como viajar de Bogotá a Madrid, una suma que no alcanzaría a tener, ni ahorrando todo el salario de cinco años, con el nuevo contrato que tenía.

Se acomodó durante una semana, en la habitación de un hotel muy decente, donde había que pagar para usar el inodoro, ‘a quinientos la meada y mil si es cagada’ —estaba escrito en un letrero en la pared de un baño, cerrado con una cortina de tela—. Un hombre muy grande y moreno, al que llamaban ‘Muñeco’, que sostenía un rollo de papel higiénico en la mano, se sentaba todo el día y toda la noche a esperar la paga.

Lulita se hizo todavía más delgada de lo mucho que sudó, tomó agua y comió maní. Para el domingo ya había encontrado un lugar donde vivir. Una casa veinte minutos a pie del trabajo. La puerta principal estaba dañada y no tenía muro en la parte de atrás. Desde la cocina se veían los patios de los vecinos. La señora que se la arrendó, le dijo que era mejor que el lugar se mantuviera abierto, pues quienes pasaran por el frente pensarían que siempre había alguien allí, nadie iba a pensar que en un pueblo tan peligroso, gente normal saliera de la casa dejando atrás la puerta abierta de par en par. Esta manera paradójica de pensar en la seguridad, garantizaba que los ladrones nunca entraran a la casa.

Esta señora, tan precavida y cuidadosa de sus bienes, le entregó también la lista de inventario de lo que había dentro de la casa: Una estufa a gas de dos puestos, un cuchillo, una caja de fósforos, una olla para recolectar y hervir agua, una cama con un colchón rancio y lleno de insectos, tan invisibles que Lulita no se enteró de su existencia hasta dos semanas después, cuando sus tobillos empezaron a llenarse de sarna noruega; un frasquito de botica, marcado ‘Aceite de Citronella’, de probada eficacia contra la picadura de mosquitos. Un robusto guardarropa de madera de álamo con cajones desajustados carcomido por los gorgojos y un limonero, sembrado desde siglos en el patio, del cual podría servirse para hacer limonada.

En la noche, cuando llegó la luz, organizó sus vestidos de seda en el guardarropas y quiso tomar un baño de espuma, en cambio de bañera encontró una ducha que quizá no se había abierto por años. Al principio salieron insectos por el grifo, luego tierra y una hora después agua turbia, dos horas después agua clara, pero fría, muy fría. —Bendita sea la lluvia porque el día que en Istmina deje de llover ya no habrá agua, ni para beber, ni para cocinar —y lo decían porque no había acueducto, sino tanques en los techos de las casas, donde se recolectaba el agua-lluvia para todas las necesidades humanas. Nunca habían escuchado lo que era la lógica auto-sostenible, pero la utilizaban desde siempre. No había cables eléctricos sino una planta para producir energía, que funcionaba con gasolina y que encendían sólo a veces, cuando el hospital tenía que ver coser a los heridos de los combates. —¿Combates? —Preguntó Lulita. Sí. Combates. Y no precisamente entre mujeres y maridos.

Quería orinar, pero al levantar la tapa de la taza se encontró con un sapo grande y café diciéndole croac. Esa noche tuvo que hacerlo al pie del limonero; en la mañana, por fortuna, el sapo ya no estaba. Quiso cambiar su menú de maní y agua pero recorrió todo el pueblo y se dio cuenta que no había restaurantes de Hare Krishna, ni chinos, ni siquiera budistas; la gente pensaba que Tao era el nombre de algún nuevo vendedor, pastor o político del pueblo y el único restaurante vendía arroz y pollo frito.

Luego de dos semanas, la soledad empezó a incomodarle tanto como la sarna noruega y se cansó de comer pollo frito. No quería invitar a nadie a su casa, pues se avergonzaba de no tener mesa ni tenedores, sólo cucharas y contenedores de plástico con restos de pollo, que se acumulaban en el patio, porque no había caneca para la basura. Un sábado se fue a la tienda del pueblo que era una maravilla, vendían botellas de agua, latas de atún y sardinas, pan tajado, cebolla, tomates y comida para gatos. Compró todo eso y además encontró lo que necesitaba para organizar su nueva vida: Un espejo, jabón, un estropajo, cortaúñas, quitaesmalte, una sábana, cepillo y pasta dentífrica, un rascador para la comezón de la espalda y bolsas de plástico para meter la basura. Cambió un poco sus hábitos: el sombrero por un paraguas, las sandalias por unas botas de caucho. Se olvidó de los moto-taxistas porque cobraban mucho y los que no, tenían fama de asaltantes o violadores.

Pasado un mes, las ronchas se le habían regado por todo el cuerpo y no podía dormir bien. Escuchaba todos los ruidos externos, a veces disparos, la puerta sin cerradura se abría por el viento y se cerraba con un golpe que la hacía levantar de la cama. Pero lo peor, lo más aterrador de todo, era un extraño ruido en el guardarropa. Lulita pensó que se trataba de una rata, pues la oía escarbar en el cajón donde había metido los calzones. Pero el ruido era de un mamífero más grande, porque se lamentaba. Lulita sacó el colchón a la sala desprovista de muebles y allí pasó varias noches, y por una semana no se puso calzones.

Una tarde llegó decidida a develar de una vez por todas de qué se trataba ese ruido que la atormentaba. Armada con una rama del limonero y el palo de la escoba, entró a la habitación y se acercó despacio y con asco al guardarropa, preparada para encontrarse algún ser repugnante, un animal sarnoso y peludo, con garras y colmillos, dispuesto a saltarle a la cara por haberse osado a abrirle su guarida; babeando de rabia, alguna asquerosa rata con alas que volaría alrededor de su cabeza con deseo de prenderse a su arteria yugular, ¿una serpiente?, ¿una araña con cara humana?, ¿una cucaracha gigante? ¿un insecto voraz? ¿una cierta figura Kafkaeska? ¿a lo mejor un Gregorio Samsa?... Con el palo tiró del cajón, que se entreabrió, pero no salió nada. Luego tiró más fuerte para que el cajón se abriera del todo y vio algo que respiraba debajo de la ropa. Separó los calzones. Y allí estaban, peludos, blancos, suaves, ligeros, palpitantes, tres lindos cachorritos de gato, lo más lindo y tierno que Lulita había visto por semanas.

domingo, 24 de junio de 2018

Del duelo a la resistencia creativa


¨La soledad no consiste en no tener personas alrededor, 
sino en no poder comunicar las cosas que a uno le parecen importantes, 
o de callar en ciertos puntos de vista que otros encuentran inadmisibles¨ 
Carl Gustav Jung

Hay en el mundo ciudades de arena, como Perth; un arenero poseído por una nostalgia del mediterráneo que se ve en los jardines donde siembran olivos y cipreses, y en los patios donde explotan granadas repletas de semillas, limones amarillos y naranjas agrias.   Y los habitantes, inmigrantes todos, invasores de grandes extensiones de lo que fue la tierra habitada y jamás poseída por los aborígenes. Todo es de arena en Perth, hasta los corazones y las patas de los saltamontes. Doscientos años de excavación, cambiaron el árido paisaje por una ciudad Lego; de calles, edificios y trenes asépticos, de señores lego-men con trajes amarillos moviendo grúas y retroexcavadoras. 

Desde esta ciudad a donde vine a dar. Desde este territorio que siempre me ha sido tan impropio, tan árido desde todo punto de vista, escribo hoy con el corazón pulverizado; pulverizado porque el único país del cual cargo un pasaporte, un país en las antípodas de este que se llama Colombia, que todo el mundo aquí escribe como Columbia, se va convirtiendo también en un lugar extraño, borroso, desconocido. Imagino que los astronautas cuando ya han salido de la tierra, y la ven como una pelota azul que podrían atrapar con la mano, experimentan un vértigo parecido, que como sabemos, viene acompañado de náuseas y también de vómito. Ese vértigo es al mismo tiempo un despojo y un duelo. 

Y para purgar todas estas emociones, para conjurar el miedo, les propongo una catarsis colectiva, que nos mantenga unidos, que nos reconecte con el del lado. Leamos más, escribamos más, creemos más, salgamos, conectemos. Hablemos los que podemos, sincerémonos los unos frente a los otros. Hagamos que por fin se sienta esta diversidad, este desencuentro, y lo que ayer nos separó que nos una. No demos la espalda, no seamos indiferentes ante las ofensas y no creamos en las adulaciones. ¡Alerrrrtaaaa!  Tú que me lees, no estás solo, yo estoy aquí escribiendo desde una motivación que ha permanecido siempre intacta, y esa luz que llevas en los ojos, esa con la que me estás leyendo, me sigue dando aliento, es el alma que pones cada día en todas las cosas, es pura humanidad.

Yo te invito a que pasemos del duelo a la resistencia creativa. 

 Lo.

lunes, 4 de abril de 2016

Que la paz sea contigo



Ayer se terminó el Festival por la Paz de Colombia, Memorias y Justicia Social, que se llevó a cabo del 1-3 de abril en la bella París.

Durante estos tres días, conocí muchas voluntades, personas y proyectos de diversos sectores sociales que se unieron para trabajar juntos por la Paz de Colombia, en esta ciudad que, como muchas otras en el mundo, jamás ha ( o había ) cerrado las puertas a los inmigrantes o a los refugiados.  

La oleada migratoria de los colombianos al extranjero, no solo como perseguidos políticos sino también como ciudadanos de la aldea global, en busca de mejores condiciones de vida y oportunidades laborales, educativas, de ascenso social, es un fenómeno que sigue creciendo.  ¡Qué extraña es la especie humana! Siempre en constante expansión, ya ni siquiera la tierra nos basta, ahora vamos a la conquista del espacio, ¡nada nos detiene!  

En abril del 2014, justo hace dos años yo vivía en París y escribí un pequeño relato acerca de la muerte de Gabo, lo sorprendente no es eso, sino que dos años luego me encuentre frente a frente con Tachia, le cuente que he escrito este relato y le regale el libro para que ella lo lea. Qué cerca estamos, qué apretados. Nuestra especie pelea con las demás por espacio, y levantar sus crías en las mejores condiciones posibles. Tarde nos damos cuenta que todos somos lo mismo y a lo mejor, eso sea lo que más nos moleste, que no hay superioridad moral, que somos tanto blanco como negro, y que lo uno no excluye a lo otro; que el pecado es una mentira y no podemos echar la culpa a nadie, que rezar sirve poco y que a veces es mejor no actuar.

Nos consuela tener el hoy, el presente, las sonrisas, los abrazos, las palabras, los voluntarios, que preparan y sirven una comida colombiana maravillosa; ‘La Chiqui’,  una cuentera mundial;  Luz Mar, una mujer que parió cinco mujeres artistas; Asor, artista que impresiona con el colorido de sus dibujos que mezclan las vibraciones de Mozambique, América Latina y España. Hoy tenemos a Rocío Durán-Barba, escritora, poeta, ensayista ecuatoriana que se sentó a mi lado a darme consejos para escribir y a ayudarme a vender mis libros. Hoy tenemos al proyecto editorial Chirimbote, que publica la colección Antiprincesas para que los niños y las niñas conozcan los super poderes de las personas de verdad, como Frida Kahlo, Clarice Lispector, Julio Cortázar, Violeta Parra o Maria Elena Walsh. Por supuesto que compré toda la colección y se la llevo a mi hijo en Perth, porque él es mi presente y por Facetime tuvo la oportunidad de ver en directo y saludar a los amigos del festival. También tenemos a Marta Gómez que con su música logró convocar versos de todas partes de Hispanoamérica para unirse a nuestro canto de paz ‘Para la guerra, nada’. Y para cerrar, hoy tenemos a Marimba y Chirimía, un grupo colombiano de música del pacífico que con su tambora y su ‘piano de la forest’  puso a todos los franceses a bailar ¡Imagínense ustedes! ¡Cuánta energía, cuánta vibración hay en nuestra cultura! Yo me pregunto ¿Será que nos vamos a ser capaces de hacer las paces? Porque no depende de nadie, solo de nosotros, de cada uno, al interior de nuestros corazones.

Lorena Escorcia-Hernández

miércoles, 2 de marzo de 2016

Echar raíces

llevo ya diez veranos
una década ya,
socavando
este reloj de arena
que me inserté en el pecho.
Mi tempo,
no son uno ni dos
son tres compases graves
curvos como las dunas
de Santa Ana de Coro.
Ahora llueve
donde era sequía,
Y sé 
que con una sola gota de agua al día
estaré lista para echar raíces.
Me pregunto, 
si cuando se dividan 
las raíces 
deberé propagarme. 
o si será mejor
ser mineral que árbol, 
diamante o Jacarandá, 
resplandor o sombra de los pájaros.
Me pregunto, 
que quedará de mí, 
ahora que estoy lista para echar raíces.

Lo

jueves, 21 de enero de 2016

Destierro


Desterrarse es suicido

es olvido

Es luchar día a día contra

la desmemoria.

 

Emigrar es coraje,

cobardía

Es cortarse las venas de los miembros

fantasmas.

 

No te cambia la voz

y muy poco el acento,

Comprendes que compartes

el alma con el mundo

La de aquellos que un día

les tocó ser verdugos

de quienes señalaron,

de los de más arriba,

de quienes impusieron La Justicia.

 

Exiliarse es suicido

es olvido

Caminar sobre la cuerda floja

de la incertidumbre

Y andar siempre con miedo

de caer al vacío.

 

Pero siempre fue así y será

con ese vértigo

negado, descartado.

 

Emigrar es armarse de valor

y de antemano,

saber que estás destinado al sacrificio.

Es intercambio y es renovación

¡Es mentira!

Y a la vez

la única certeza

de que lo único cierto es el camino.

 

 

Lorena Escorcia-Hernández

 


viernes, 20 de marzo de 2015

Breve autobiografía del hombre caimán

 
Mi nombre es Saúl González y fui pescador artesanal. Nací en La Arenosa en el año de 1957, el mismo año en que nació Diomedes Díaz Maestre, el Cacique de La Junta. Yo llegué a Bocas de Ceniza por los ochenta, cuando el cacique grabó Fantasía, un exitaso en toda la costa; ese mismo año nació mi hijo Kaleth, que se ahogó en el río a los diecisiete.

Yo fui de los que empezaron la pesca con cometa en el tajamar de Bocas. Luego de la muerte de Kaleth supe que  la pesca con redes en este punto era peligrosa, ¡el que se caiga no sale vivo! Las corrientes del rio son traicioneras, ¡ya muchos se han ahogado! Luego aparecen flotando sobre los manglares, junto a las botellas de plástico, las latas, las chancletas y los caimanes muertos que el río ha arrastrado desde bien adentro de la ciénaga.

Antes vivíamos en la casa de mi mamá, con Elisenia y los tres niños, todos en una sola pieza. Luego nos mudamos aquí, al tajamar, ¿pero sabe? ya ni en la tierra, ni en el agua, ni en el aire lo dejan a uno vivir. Hace varios años unos empresarios dijeron que la zona era de mucho potencial turístico, que nuestras casas sobre palafitos no entraban en sus planes, que tendríamos que irnos de aquí, que esto era una invasión. Yo solo digo que bajo este cielo saqué adelante a mi familia, tengo el rio, el mar, la brisa, los atardeceres, el calor del sol, el olor de la sal y el sabor del pescado fresco. Por las noches veo las luces de las embarcaciones y la ciudad, que está allá lejos, llena de edificios muy altos donde viven los  ricos, y de inmensas barriadas donde viven los pobres.

Mi mamá no quiso sacar a la Cleo de la casa. Cleo es una amiga de mi mamá que un día llegó con sus maletas, se acomodó en mi habitación y nunca más quiso salirse de ahí. Lo único que hace es tomar el fresco en la baranda todas las tardes y beber jugo de corozo,  ¡hombre lo que es la amistad! Un día se van a morir todos de sed, si es que no se están muriendo ya de los racionamientos de agua ¡y en ese calor!  La vieja me mandó a dormir al cuarto más feo, hasta que un día le dije a mi mamá que si no se iba ella, era yo el que me salía de la casa, con los motetes, la mujer y los niños, y así lo hice. Gracias a Dios que nunca nos faltó el sagrado vallenato. Un acordeón fue lo único que heredé de mi padre, aparte del vicio de enamorar muchachas bonitas y tomar cerveza. Mi padre decía que no nos dejaba muchas cosas materiales, para que no nos peleáramos entre hermanos, éramos diez. Con el acordeón aprendí el repertorio de Diomedes, acompañé serenatas, quinceañeras y hasta entierros, me gané más de un guayabo y una que otra muchacha. Claro que Elisenia no podía enterarse de eso, ¡me hubiera matado! Pobre Elisenia, se quedó sola, todo por culpa de aquel brujo inexperto. El charlatán puso un anuncio en el periódico, diciendo que tenía una pócima que lo convertía a uno en caimán, solo por unas horas, y luego lo volvía otra vez al cuerpo humano. Y le pagué con una buena sarta de pescado a ese viejo endemoniado. Pero yo no sabía el camino por río para volver donde él, y siempre que iba a coger ese camino la corriente me llevaba otra vez al mar. Así que me tocó adaptarme a la vida aquí en la ciénaga, aprender a comer sapo,  esquivar a los pescadores. Por lo menos pude venir a vivir a Bocas, para estar cerca de mi mujer  y de Ómar y Félix, los otros dos hijos que tuvimos. Ellos no saben que vivo en el manglar. Desde aquí, escondido bajo el follaje, puedo verlos. Pobre Elisenia,  se le ve en la cara la tristeza cada vez que se asoma por ahí…

A pesar de haber perdido a mi hijo Kaleth, no me arrepiento de haber traído a mi familia a este lugar que es todo para nosotros, luego de la música, por supuesto. Bajo este cielo saqué adelante a mi familia. Con Elisenia hicimos el esfuerzo de comprar toda la colección de oro de Diomedes, los altoparlantes y un equipito. El viejo Diome es el que nos alegra el rancho. El mar y el rio nos dan el pescado, que aquí abunda en todo tiempo: sardas, meros, caimanes, bagres y gato. Los muchachos no se pueden quejar, mal no les va. Ahora el único que corre peligro soy yo, pero yo sé cómo piensa el pescador y no me voy a dejar matar de un arponazo;  no voy a ser tan pendejo de caer en la carnada de las cometas.

La muerte de Diomedes me tomó por sorpresa, y justo le dio por morirse en Navidad, en lo mejor de la fiesta. Ahora que lo pienso, podría irme hasta Valledupar, el río no está crecido, aunque de aquí a la ciénaga de Zapatosa es cuesta arriba. Hay que llegar hasta el Guatapirí y luego cruzar todo el César, pasando por Plato y El Banco.

Si el Cacique supiera que el hombre-caimán va a correr esa maratón para asistir a su entierro… pa’ mí no hubiese habido honor más grande, no lo hay para ningún acordeonero de la costa, que tocar en el  funeral del Cacique. ¿Cómo será ver de cerca al Poncho Zuleta, al Jorge Oñate, al Peter Manjarrés? ¡Es que ya me imagino el mundo de gente que va a venir! Dicen que hasta el presidente y la Toti. Habrá que ir bien elegante. Si todavía fuera carne humana, Elisenia me limpiaría los zapaticos blancos, me plancharía la guayabera y me alistaría el morral con un buen puntal de pescado salado y patacón de plátano frito, ¡lástima que en esta cabezota plana uno no se pueda poner el sombrero vueltiao! Van a poner el féretro una semana en cámara ardiente, sobre una tarima, en la plaza Alfonso López de Valledupar, al lado del palo de mango. Será un entierro bonito, como El Cacique soñó, con más de cien mil almas desfilándole frente al ataúd. Yo sí tengo la intención de aparecerme por allá. Ojalá me reconozcan y no se asusten, ya estoy ensayando lo que les voy a decir:
Tranquilos, tranquilos… ¡Que yo  no como gente! ¿No ven que soy el hombre-caimán?
Pero luego me acuerdo de que no puedo sacar mi cabeza del agua…
Gracias a Dios todavía estoy vivo. Nunca me imaginé lo bonito que se ve el río con los ojos de un cocodrilo. Tengo los atardeceres, la extensión del Magdalena, toda la ciénaga para nadar y espiar a las muchachas bonitas que se meten al río empelota. ¿Qué más puedo pedir?
¡Hombre, que lástima del Cacique!  Teníamos la misma edad. 

Lorena Escorcia Hernández



martes, 10 de marzo de 2015

Óscar Salas, Ángel.



Gracias a la vida
Que me ha dado tanto
Me dio el corazón
Que agita su marco
Cuando miro el fruto 
Del cerebro humano
Cuando miro el bueno 
Tan lejos del malo…
Cuando miro el fondo 
De tus ojos claros.

Violeta Parra

Estamos al final del verano en Australia, no hay nubes y el cielo está sorprendentemente iluminado de estrellas. Con mi esposo y mi hijo fuimos al cinema al aire libre, llevamos almohadas y cobijas. Cuando terminó la película todo quedó oscuro y solo se escuchaba el ruido de los grillos y las chicharras. Miramos al cielo; sobre nuestra cabeza estaba la cruz del sur, una constelación que habita el hemisferio austral.
Mi esposo recordó que hoy era 8 de marzo, día internacional de la mujer. Yo recordé que hace nueve años, un ocho de marzo, yo estaba en una sala de cirugía, asistiendo a la extracción de órganos de un donante. En ese momento fue muy extraño ver cómo se trataba a un cadáver con la misma delicadeza con la que se trata a un ser humano vivo. Así debe ser, para que los órganos a ser donados no sufran daño alguno. Óscar Salas era un donante de órganos, hasta ese nivel de solidaridad, de empatía y de generosidad había alcanzado su vida.
En la sala de cirugía estaba el equipo médico  organizado y sincrónico. Yo estaba 'de testigo'. Sí, 'de testigo'. Me habían llamado para asistir a la familia de Óscar.
Doctora, ¿usted es familiar del donante? Me preguntó el cirujano.
¿Familiar? No, a él lo conocía, somos…éramos -corregí- éramos paisanos.
El lapsus hizo que me diera cuenta de la dificultad que tenía para aceptar esa muerte. Esa en particular.
El procedimiento empezó y luego de una hora de estar ahí, ellos usando sus diestras manos y yo como una invitada de piedra, alguien se atrevió a romper el hielo que hasta ese momento solo había sido atravesado por el cauterizador.
Era un ‘capucho’. Dijo, con esa falta de sensibilidad que yo odio en mí y en mis colegas, y que caracteriza a los médicos, porque durante la carrera aprendimos a disociarnos, quiero decir, a distanciar gravemente la experiencia física de la emocional.
Yo creo que él no tenía capucha. Me apresuré a decir tratando de encontrar condescendencia en mis interlocutores.
¿Ah no? ¿Y entonces por qué lo mataron? Murmuró alguien más. O quizá alguien lo pensó y yo imaginé que lo había dicho.
En ese momento quise decir que estar encapuchado no era motivo para matar a nadie. Pero me contuve, no era mi papel discutir acerca de eso y menos con mis colegas, que hacen una labor tan noble. Pero yo quise dar la versión que a mí me contaron y con la que me quedé desde ese día:
Lo mataron por ‘mirón’. Estaba detrás de un árbol mirando el tropel y fue cuando le dispararon.
“Él estaba ‘de testigo’, así como yo estoy hoy ‘de testigo”, pensé.
¿Quién? ¿Los ESMAD?
Eso es lo que no se sabe, y es por eso que yo estoy aquí; la familia quiere que se lleve un proceso transparente y se esclarezca la causa de la muerte.
Entonces dejé de prestarle atención al cirujano, al procedimiento, a las voces de afuera, y me enclaustré en una suerte de esquizofrenia que tengo, desde mucho antes de entrar a la facultad de medicina, y que me ha servido de mucho en la vida.
Yo no conocía bien a Óscar, tal vez habíamos cruzado un saludo. Lo había visto varias veces con Miguel en la emisora comunitaria del Líbano-Tolima. Hasta ese momento yo no sabía que Óscar era un poeta, un comunicador, un lingüista, una persona con la que hoy tendría muchas cosas en común. Pensé, en lo raro que era verlo allí, como si su cuerpo inerte estuviera tratando de decirme algo. Su cuerpo desnudo y cubierto por las sábanas recién salidas del autoclave, él tendido sobre la mesa de cirugía e iluminado por los reflectores de la sala. Óscar era un teatrero y eso no se lo quitaron ni matándolo, Óscar era un poeta y ni matándolo le pudieron quitar la poesía. Y bajo las luces fluorescentes del teatro cantaba: ‘Oh no, I’ve said too much. I set it up. That’s me in the corner. That’s me in the spotlight. Losing my religion’.
En el 2006 yo trabajaba como médica en varios hospitales de Bogotá y no tenía tiempo para pensar, ni para mirar las estrellas. En ese momento el hecho pasó a formar parte de esa colección de absurdos de la que a veces se trata la vida.
Hoy la Cruz del Sur me ha hecho pensar en el ángel, el mártir, el hijo sacrificado. ¡Qué paradójica es la guerra! Tengo hermanos que han ido al servicio militar, o que son militares y me pregunto ¿Cuántas veces en Colombia no se habrán cruzado balas, hijos de la misma madre o del mismo padre? Pues infinidad. Me han contestado.  La guerra es fraticida, es su naturaleza. ¿Entonces, porqué no acabarla? ¿A quién le interesa seguir matando a sus hermanos? ¿Quién es el último beneficiario del uso de las armas? ¿Cuál es la diferencia entre alguien que se pone una capucha para tirar piedras y papas-bombas y otros usos de las armas de guerra? ¿Porqué se trata el tropel como si fuera un juego de niños?  ¿La beligerancia de los estudiantes solo sirve para darle una justificación al estado para usar más represión y más armas? 'La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen para provecho de gentes que sí se conocen pero no se masacran', dice Paul Valéry.
Ahora lo tengo un poco más claro, Óscar era un hombre capaz de tomar un micrófono y decir lo que pensaba, tenía el valor de enfrentarse desnudo a la vida, con su propia voz y las palabras que salían de su corazón, de su boca. Es difícil pensar que en su naturaleza estuviera ponerse una capucha. Esa es la versión que me contaron, y la que me gusta creer.
Pero lo único que yo tenía que hacer allí era observar. Y cerciorarme de que no se fuera a dañar la evidencia. Me habían hecho una petición extraña, y yo iba a ser testigo de algo importante.
El acto quirúrgico fue impecable y ágil. Óscar, cuerpo prodigioso que se fue desangrando en el camino al hospital, a donde sus amigos lo llevaron cargado desde la entrada de la carrera treinta hasta el otro lado de la universidad.
Luego siguió la autopsia. No me dejaron entrar, esperé pacientemente en la puerta de  medicina legal hasta que uno de los médicos forenses vino a verme:
Doctora, ¿usted es la amiga de la familia de Óscar?
Sí. –Contesté.
Lo que causó la  muerte a Óscar, el proyectil que tenía en la cabeza, no era una bala sino una canica.
¿Una canica? pregunté. Haber pasado la noche en vela me había quitado la lucidez y no estaba preparada para esa respuesta.
Sí, una canica, una bola de cristal; de las mismas con las que juegan los niños contestó.
Que absurdo era, ¡qué cruel! “De las  mismas con las que juegan los niños.” Como si Óscar fuera uno de esos niños víctimas de la guerra y de la violencia, que por azar había estado en un momento desafortunado en el lugar equivocado.
Hoy que es día de la mujer y diez años después, analizando el hecho con distancia y a Colombia con mucha tierra y mares de por medio, puedo reelaborar esto. Con el coraje que me da el hecho de ser madre y la solidaridad que siento con el dolor de la madre de Óscar, que le dio su nombre de Ángel. Óscar tuvo una lección para cada uno de los que nos cruzamos con él tanto en su vida como en su muerte.  Escribo hoy para recordarlo, en el día de la mujer, y de la madre y de las que parimos éste género humano.

Lorena Escorcia Hernández


DIARIO DE LAS VIOLENCIAS MÉDICAS

DIA 33 Nancibel llegó quince minutos antes al auditorio 122. Estaba ilusionada porque quería ser cirujana y esta sería la primera vez que re...