miércoles, 3 de mayo de 2023

JOSELIN

 

Hay cosas y personas que solo están a la vista de los niños, cosas a la altura de los niños, Joselín es una de ellas.  En los ochentas solía poner encima del trípode una cámara muy grande y pesada, metía la cabeza dentro de una manta negra, disparaba un botón, y a los pocos segundos sacaba un papel cuadrado y brillante, de bordes y proporciones perfectas, que nunca mentía sobre una realidad o los colores de un segundo irrepetible; Joselín hacía fotos instantáneas.  En los tiempos en que la gente cargaba más cigarrillos de tabaco que cámaras en los bolsillos, era el fotógrafo más cotizado del pueblo.

 

Lleva cuarenta años apuntando siempre a la misma perspectiva: las torres blancas de la iglesia. Nunca ha cambiado el ángulo, ni los tres metros cuadrados de sus sitio de trabajo, tampoco el banquito en el cual tiene que pararse para tomar las fotos, ni su mirada de topo; Joselín apenas le gana en altura a su caballo de madera de un metro de altura, forrado en pelo de caballo verdadero. Si no fuera por su caballo y por su estatura, ningún niño lo vería y Joselín hubiera desaparecido ante los ojos acostumbrados de la gente, que lo ve cada día en el mismo sitio haciendo el mismo menester.

 

Es domingo por la tarde y mi hijo me lleva de la mano. Nos paramos en el centro de la plaza, yo estoy concentrada en los sombreros y en una tela de cuadros, doblada sobre el hombro, que siempre llevan los señores. Miro las torres de la iglesia, pienso en lo altas que son y me persigno. De pronto su manito me da un tirón, me lleva y me señala:

 

Mira mamá, un caballito de madera.

Buenas tardes señora, me dice Joselín.

Buenas tardes Joselín.

 

Todo el mundo lo conoce por el nombre y yo no soy la excepción. Cada persona del pueblo tiene guardada una foto que Joselín le ha tomado, en un álbum que empieza a oler a olvido en un rincón mohoso de la casa.

 

Mamá, yo quiero subirme al caballo.

 

Entonces abro el bolso y meto la mano, toco  mi cámara, me dan ganas de decirle a mi hijo que yo misma puedo tomarle la foto, que no será en el caballo pero que va a quedar incluso más bonita. Me arrepiento y le pido a Joselín hacer la foto de mi hijo en el caballo.

 va﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ amiguitas de los minutos, ahorita vuelvo.

un rincamos con pompas de jabperaballona tela doblada sobre los hombroso p

 

 

 

 

 

 

Si señora, la foto le quedará muy bien, no se preocupe, ahora tengo una cámara digital que automáticamente corrige los ojos rojos, el lunar en la cara, la luz, el foco y el encuadre, y si por alguna razón queda mal el peinado, el zapato, el cuello de la camisa, o el niño no se ríe, puedo hacerle otra foto sin ningún costo adicional.

 

¿Cuánto vale la foto?

 

—La fotico le vale cinco mil pesitos señora, pero tiene que esperar quince minuticos mientras voy a imprimirla por allí abajito.

 

Bueno, la vamos a tomar.

 

Subimos a Seb sobre el caballo, que emocionado empieza a saltar con sonrisas:

 

¡Arre caballito! ¡Arre!

 

Joselín se para sobre su banquito, detrás del trípode, pero esta vez no mete la cabeza bajo ninguna manta negra. Está mirando una pantalla y esperando a que un pequeño cuadrado fluorescente le señale el momento, en que ha logrado detener el temblor de sus manos, para dispararle un flash a la luz producida por los dientes. Una vez elegida la foto, entre cinco tomas, Joselín toma el dinero.

 

—Voy a dejar el caballito aquí donde mis amiguitas de los minutos, ahorita vuelvo.

 

Y se va.

 

Mientras esperamos damos vueltas en el parque, comemos un helado, jugamos con pompas de jabón. Pero Joselín no regresó esa tarde, quizá nos cruzamos o quizá estaba ya entrada la noche. El caballo sigue ahí, al lado de la caseta de ‘minutos a celular’, y yo todavía estoy esperando por esa foto que será testigo del paso de las generaciones.  

 

 

 

 

HAMBRE Y BONANZA

 

Text Box: Este trabajo me costó mucho, al final no encontré metáforas para describir lo que quería decir. El lenguaje del poema está influenciado por cosas que oí, leí y vi y  hablé con amigos en las últimas semanas; también por  la propuesta de La Escuela, de escribir algo acerca del tema Hambre. 

No pude evitar poner allí mis impresiones personales sobre la emigración, en este caso  hacia un país, Australia, que en este momento se considera próspero y vive de la explotación minera pero se prevé que entrará en una crisis en los próximos años. 

Creo que el tema que más me está motivando en este momento a escribir es la incertidumbre, y me gusta darme explicaciones de tipo histórico de mis sentimientos, así que quise poner ahí la idea de los movimientos de mano de obra en un mundo globalizado, un fenómeno que ha existido siempre, pero que luego de la abolición de la esclavitud toma otro carácter, porque vamos a dar nuestro trabajo de manera voluntaria, creyendo que tendremos mejores condiciones de vida, especialmente luego de la revolución industrial. Hay una pincelada también de otro tema que me llama mucho la atención, que es el tráfico de personas y de mujeres. También puse ahí una charla que tuve con mi esposo acerca del hecho de que las economías extractivas o basadas en monocultivos, como en Cuba (azúcar, tabaco) Colombia (café, petróleo, cocaína), etc. Economías basadas en un único sector traen miseria a sus poblaciones en el largo plazo, no son sostenibles. Cuando el producto se acaba o se vuelve interesante para ciertos poderes vienen el hambre y/o las guerras…
Estas son las ideas de base, luego, estuve escuchando unos programas sobre la historia de Chile y de Perú y recordé que Pablo Neruda y César Vallejo y  Martí, García Márquez y Eduardo Galeano, hablan del tema de la explotación de los recursos en sus países, que son tan ricos, pero sus pueblos tan miserables. 
Creo que este poema no tiene mucho de original, y que quizá funcione mejor como ensayo que como poema, pero expresado así, como poema, me preció más digerible y pude sintetizar mejor el tema de los ciclos del HAMBRE Y LA BONANZA.

Gracias por leer.  
HAMBRE Y BONANZA

 

Es simple,

Nos dijeron,

¡Vengan!

Que llegó la bonanza.

Trajimos las mujeres

Y de la tierra

Brotaron nuestros hijos

Así como brotó

El guano en el Perú

Excremento de murciélagos,

De las aves marinas,

De las focas

Y llegó la guerra

El hambre, la penuria.

 

Es simple,

Nos dijeron

¡Hay trabajo!

Abundancia

Traigan a sus amigos

Sus familias

Y juntamos las manos

Y excavamos

Y extrajimos

El oro en Potosí

El salitre en Iquique

Y vino

La matanza.

 

Es simple,

Nos dijeron

¡Vengan en multitudes!

Traigan todas sus lenguas

Las especies,

Hagan casas,

Cocinen,

Vengan a deleitarnos

Con su gastronomía

Trajimos nuestros bailes

Vestidos

Religiones,

Y unos años después

Cerraron las fronteras.

Dicen que somos muchos,

Indeseables,

Morimos en los mares

O esperando

A que un día

nos vuelvan a decir

Que llegó la bonanza.  

 

 

 

 Magda Lorena Escorcia-Hernández.

sobre escribir

 

¿Quién podrá ser escritor?

 

Lorena Escorcia

 

 

‘Soy el que sueña la ensoñación,

el que es capaz e soñarla;

el que es feliz del sueño

en el que no tiene necesidad de pensar’

G. Bachelard.

 

 

La creatividad es una cualidad inherente a todos los seres humanos, como lo es la memoria o la inteligencia. Durante siglos, se mostró la creatividad como un atributo de personas privilegiadas o dotadas de dones especiales a las que se llamó ‘genios creativos’. Hoy en día, sabemos que todos somos capaces de crear, es más, que no podríamos sobrevivir en ningún paraje de la tierra si no ejercitáramos esta función, pues se necesita de ella tanto para la guerra como para la convivencia armónica; para cocinar o para inventar un robot que lo haga por nosotros; para escribir un poema y enviarlo al infinito espacio virtual o para tocar con pétalos la piel de nuestro amado. Para muchos la creatividad se mide por su resultado final, dado a su vez por el aporte al conocimiento universal y por la experiencia estética[1].  Esta manera de valorar la creatividad es compleja, pero esto no nos coarta la posibilidad de ser artistas o escritores. Con estas mil palabras explicaré porqué tengo fe en el genio creativo que habita en cada uno de nosotros.

 

Como alumna de Escritura Creativa en la EEM[2], he percibido que para realizar un trabajo literario que me satisfaga, requiero dos momentos, el primero es un momento de inspiración, que puede darse en una milésima de segundo, siempre a través de un estado de ensoñación o de inconciencia, al que solo puedo llegar cuando me relajo y juego con los espacios, con las sensaciones, con los recuerdos.  El segundo es una enorme cantidad de trabajo que requiere poner el proceso creativo en un primer plano y aplazar o ajustar en el tiempo otras tareas, como la de mamá, esposa, ama de casa o médica, que es mi profesión.  Muchos adultos que hemos encontrado nuestra pasión (lo cual es enormemente difícil porque requiere de un profundo nivel de interiorización), anteponemos nuestras obligaciones, de tipo económico, social, familiar, etc. A los momentos de goce y placer que nos da la escritura. Esto es una pena y una muestra de que tenemos miedo de la siguiente condición sine qua non del artista: la libertad de pensamiento y acción.

 

Cuando me siento sola en el café de la esquina, y veo la tinta correr sobre el papel, moldeando lo que luego serán frases, párrafos e ideas que elevaré al viento como cometas ¡siento tanto placer! Me siento como una niña, o como una amante recién encontrada. Es una experiencia tan honda, ¡tan vital! Como la de hacer el amor o comer ese plato de infancia que solo nosotros sabemos cómo sabe. Es estar en el presente y no dejar que la belleza de este instante se esfume a causa de ninguna preocupación. Es haber llegado a ese automatismo del estar por estar, del respirar por respirar, ese momento de la contemplación extrema en el que uno no existe como tal, sino como un ente llevado por una fuerza inexplicable, el fuego de la pasión y la materia de la vida cuando convergen y fluyen.

 

Creo que comparto con mis compañeros sensaciones parecidas. Quería decirme  y decirles que en el camino para llegar hasta aquí encontré muchas bifurcaciones y que la mayoría de las veces tomé la dirección equivocada. Y que por esto no puedo, no podemos desaprovechar este espacio y dejar pasar esta bella oportunidad de hacer lo que nos gusta. Así sea en la edad adulta, cuando la corriente social o las obligaciones económicas se presentan como obstáculos para continuar nuestro camino por el mundo de la creación y de las artes, en este caso, por el universo de la literatura. Pues este momento no ha sido otra cosa sino el resultado de la intensión, el impulso, la determinación y el coraje.

 

Cuando empecé este curso en el 2013, pensaba que nunca iba a poder compaginar mi profesión de médico con la escritura y fue a partir de la lectura de Sir Arthur Conan Doyle, en el primer módulo de este curso, que entendí que sí se podía. Pues la literatura bebe de la experiencia humana en todas sus dimensiones y todo ser humano es capaz de crear un mundo único y estéticamente exquisito a partir de sus vivencias y su manera particular de ver el mundo.  Solo tenemos que trabajar en la expresión, en nuestro derecho a la libertad, al ocio y al juego; para dejarnos ir y ‘conectar’ en el sentido que nos enseña Nawal el Saadawi, la médica y escritora egipcia, de ‘abolir la diferencia entre el cuerpo, la mente y el alma, entre la ciencia y el arte, entre la ficción y la no ficción’.

 

Puede que sea una cuestión generacional, o por mi origen provinciano, que he visto este curso como un gran paso en mi vida, pero ciertamente lo es. Un horizonte abierto. Creo que podemos encontrar ejemplos de buenos escritores en casi todas las profesiones, yo he encontrado muchos en mi carrera. Algunos de ellos con tanto éxito que se han dedicado de lleno a su pasión. Como es el caso de Pío Baroja, António Lobo Antúnes, Moacyr Scliar o William Somerset Maugham, este último nos iluminó, en un momento en que la crítica suponía que los años dedicados a otras carreras eran estériles para la creatividad, Somerset escribió en su diario:  "Vi hombres morir. Los vi sufrir dolor. Aprendí qué era la esperanza, el temor y el alivio...".  Ciertamente, un material precioso para cualquier escritor.

 



[1] Bachelard, Gastón. La poética de la ensoñación. FDE. 1995.

[2] Escuela de Escritores de Madrid.

martes, 25 de abril de 2023

Prólogo de Borges a Bartleby el escribiente

 El examen escrupuloso de las “simpatías y diferencias” de Moby Dick y de Bartleby exigiría, creo, una atención que la brevedad de estas páginas no permite. Las “diferencias”, desde luego, son evidentes. Ahab, el héroe de la vasta fantasmagoría a la que Melville debe su fama, es un capitán de Nantucket, mutilado por la ballena blanca que ha determinado vengarse; el escenario son todos los mares del mundo. Bartleby es un escribiente de Wall Street, que sirve en el despacho de un abogado y que se niega, con una suerte de humilde terquedad, a ejecutar trabajo alguno. El estilo de Moby Dick abunda en espléndidos ecos de Carlyle y de Shakespeare; el de Bartleby no es menos gris que el protagonista. Sin embargo, sólo median dos años —1851 y 1853— entre la novela y el cuento. Diríase que el escritor, abrumado por los desaforados espacios de la primera, deliberadamente buscó las cuatro paredes de una reducida oficina, perdida en la maraña de la ciudad. Las “simpatías” acaso más secretas, están en la locura de ambos protagonistas y en la increíble circunstancia de que contagian esa locura a cuantos los rodean. La tripulación entera del Pequod se alista con fanático fervor en la insensata aventura del capitán; el abogado de Wall Street y los otros copistas aceptan con extraña pasividad la decisión de Bartleby. La porfía demencial de Ahab y del escribiente no vacila un solo momento hasta llevarlos a la muerte. Pese a la sombra que proyectan, pese a los personajes concretos que los rodean, los dos protagonistas están solos. El tema constante de Melville es la soledad; la soledad fue acaso el acontecimiento central de su azarosa vida.


  Nieto de un general de la Independencia y vástago de una vieja familia de sangre holandesa e inglesa, había nacido en la ciudad de Nueva York en 1819. Doce años después moriría su padre acechado por la locura y por las deudas. Debido a la penosa situación económica de la numerosa familia, Herman tuvo que interrumpir sus estudios. Ensayó sin mayor fortuna la rutina de una oficina y el tedio de los horarios de la docencia y en 1839 se enroló en un velero. Esta travesía fortaleció esa pasión del mar, que le habían legado sus mayores y que marcaría su literatura y su vida. En 1841 se embarcó en la ballenera Acushnet. El viaje duró un año y medio e inspiraría muchos episodios de la aún insospechada novela Moby Dick. Debido a la crueldad del capitán desertó con un compañero en las islas Marquesas, fueron prisioneros de los caníbales un par de meses y lograron huir en un barco mercante australiano, que abandonaron en Papeete. Prosiguió esa rutina de alistarse y de desertar hasta llegar a Boston en 1844. Cada una de esas etapas fue el tema de sucesivos libros. Completó su educación universitaria en Harvard y en Yale. Volvió a su casa y sólo entonces frecuentó los cenáculos literarios. En 1847 se había casado con Miss Elizabeth Shaw, de familia patricia, dos años después viajaron juntos a Inglaterra y a Francia y a su vuelta se establecieron en una aislada granja de Massachusetts que fue su hogar durante algún tiempo. Ahí entabló amistad con Nathaniel Hawthorne a quien dedicó Moby Dick. Sometía a su aprobación los manuscritos de la obra; cierta vez le mandó un capítulo diciéndole: “Ahí va una barba de la ballena como muestra”. Un año después publicó Pierre o las ambigüedades, libro cuya imprudente lectura he intentado y que me desconcertó no menos que a sus contemporáneos. Aún más inextricable y tedioso es Mardi (1849), que transcurre en imaginarias regiones de los mares del Sur y concluye con una persecución infinita. Uno de sus personajes, el filósofo Babbalanja, es el arquetipo de lo que no debe ser un filósofo. Poco antes de su muerte publicó una de sus obras maestras, Billy Budd, cuyo tema patético es el conflicto entre la justicia y la ley y que inspiró una ópera a Britten. Los últimos años de su vida los dedicó a la busca de una clave para el enigma del universo.

   Hubiera querido ser cónsul pero tuvo que resignarse a un cargo subalterno de inspector de aduana de Nueva York, que desempeñó durante muchos años. Este empleo, lo salvó de la miseria, fue obra de los buenos oficios de Hawthorne. Nos consta que Melville, entre otras penas, no fue afortunado en el matrimonio. Era alto y robusto, de piel curtida por el mar y de barba oscura.

  Hawthorne nos habla de la llaneza de sus costumbres. Siempre estaba impecable, aunque su equipaje se limitaba a un bolso ya muy usado, que contenía un pantalón, una camisa colorada y dos cepillos, uno para los dientes y otro para el pelo. El reiterado hábito de la marinería habría arraigado en él esa austeridad. El olvido y el abandono fueron su destino final. En la duodécima edición de la Enciclopedia Británica, Moby Dick figura como una simple novela de aventuras. Hacia 1920 fue descubierto por los críticos y, lo que acaso es más importante, por todos los lectores.

  En la segunda década de este siglo, Franz Kafka inauguró una especie famosa del género fantástico; en esas inolvidables páginas lo increíble está en el proceder de los personajes más que en los hechos. Así, en El proceso el protagonista es juzgado y ejecutado por un tribunal que carece de toda autoridad y cuyo rigor él acepta sin la menor protesta; Melville, más de medio siglo antes, elabora el extraño caso de Bartleby, que no sólo obra de una manera contraria a toda lógica sino que obliga a los demás a ser sus cómplices.

  Bartleby es más que un artificio o un ocio de la imaginación onírica; es, fundamentalmente, un libro triste y verdadero que nos muestra esa inutilidad esencial, que es una de las cotidianas ironías del universo.



Prólogo de Borges de La Metarmofosis

Kafka nació en el barrio judío de la ciudad de Praga, en 1883. Era enfermizo y hosco: íntimamente no dejó nunca de menospreciarlo su padre y hasta 1922 lo tiranizó. (De ese conflicto y de sus tenaces meditaciones sobre las misteriosas misericordias y las ilimitadas exigencias de la patria potestad, ha declarado él mismo que procede toda su obra.) De su juventud sabemos dos cosas: un amor contrariado y el gusto de las novelas de viajes. Al egresar de la universidad, trabajó algún tiempo en una compañía de seguros. De esa tarea lo libró aciagamente la tuberculosis: con intervalos, Kafka pasó la segunda mitad de su vida en sanatorios del Tírol, de los Cárpatos y de los Erzgebirge. En 1913 publicó su libro inicial, Consideración, en 1915 el famoso relato La metamorfosis, en 1919 los catorce cuentos fantásticos o catorce lacónicas pesadillas que componen Un médico rural


La opresión de la guerra está en esos libros: esa opresión cuya característica atroz es la simulación de felicidad y de valeroso fervor que impone a los hombres... Sitiados y vencidos, los Imperios Centrales capitularon en 1918. Sin embargo, el bloqueo no cesó y una de las víctimas fue Franz Kafka. Este, en 1922, había hecho su hogar en Berlín con una muchacha de la secta de los Hasidim, o Piadosos, Dora Dymant. En el verano de 1924, agravado su mal por las privaciones de la guerra y de la posguerra, murió en un sanatorio cerca de Viena. Desoyendo la prohibición expresa del muerto, su amigo y albacea Max Brod publicó sus múltiples manuscritos. A esa inteligente desobediencia debemos el conocimiento cabal de una de las obras más singulares de nuestro siglo.* 

Dos ideas —mejor dicho, dos obsesiones— rigen la obra de Franz Kafka. La subordinación es la primera de las dos; el infinito, la segunda. En casi todas sus ficciones hay jerarquías y esas jerarquías son infinitas. Karl Rossmann, héroe de la primera de sus novelas, es un pobre muchacho alemán que se abre camino en un inextricable continente; al fin lo admiten en el Gran Teatro Natural de Oklahoma; ese teatro infinito no es menos populoso que el mundo y prefigura al Paraíso. (Rasgo muy personal: ni siquiera en esa figura del cielo acaban de ser felices los hombres y hay leves y diversas demoras.) El héroe de la segunda novela, Josef K., progresivamente abrumado por un insensato proceso, no logra averiguar el delito de que lo acusan, ni siquiera enfrentarse con el invisible tribunal que debe juzgarlo; éste, sin juicio previo, acaba por hacerlo degollar. K., héroe de la tercera y última, es un agrimensor llamado a un castillo, que no logra jamás penetrar en él y que muere sin ser reconocido por las autoridades que lo gobiernan. El motivo de la infinita postergación rige también sus cuentos. Uno de ellos trata de un mensaje imperial que no llega nunca, debido a las personas que entorpecen el trayecto del mensajero; otro, de un hombre que muere sin haber conseguido visitar un pueblito próximo; otro —Una confusión cotidiana— de dos vecinos que no logran juntarse. En el más memorable de todos ellos —La edificación de la muralla china, 1919—, el infinito es múltiple: para detener el curso de ejércitos infinitamente lejanos, un emperador infinitamente remoto en el tiempo y en el espacio ordena que infinitas generaciones levanten infinitamente un muro infinito que dé la vuelta de su imperio infinito.

La crítica deplora que en las tres novelas de Kafka falten muchos capítulos intermedios, pero reconoce que esos capítulos no son imprescindibles. Yo tengo para mí que esa queja indica un desconocimiento esencial del arte de Kafka. El pathos de esas "inconclusas" novelas nace precisamente del número infinito de obstáculos que detienen y vuelven a detener a sus héroes idénticos. Franz Kafka no las terminó, porque lo primordial era que fuesen interminables. ¿Recordáis la primera y la más clara de las paradojas de Zenón? El movimiento es imposible, pues antes de llegar a B deberemos atravesar el punto intermedio C, pero antes de llegar a C, deberemos atravesar el punto intermedio D, pero antes de llegar a D... El griego no enumera todos los puntos; Franz Kafka no tiene por qué enumerar todas las vicisitudes. Bástenos comprender que son infinitas como el Infierno. 

En Alemania y fuera de Alemania se han esbozado interpretaciones teológicas de su obra. No son arbitrarias —sabemos que Kafka era devoto de Pascal y de Kierkegaard—, pero tampoco son muy útiles. El pleno goce de la obra de Kafka —como el de tantas otras puede anteceder a toda interpretación y no depende de ellas. 

La más indiscutible virtud de Kafka es la invención de situaciones intolerables. Para el grabado perdurable le bastan unos pocos renglones. Por ejemplo: "El animal arranca la fusta de manos de su dueño y se castiga hasta convertirse en el dueño y no comprende que no es más que una ilusión producida por un nuevo nudo en la fusta". O si no: "En el templo irrumpen leopardos y se beben el vino de los cálices; esto acontece repetidamente; al cabo se prevé que acontecerá y se incorpora a la ceremonia del templo". La elaboración, en Kafka, es menos admirable que la invención. Hombres, no hay más que uno en su obra: el homo domesticus —tan judío y tan alemán—, ganoso de un lugar, siquiera humildísimo, en un Orden cualquiera; en el universo, en un ministerio, en un asilo de lunáticos, en la cárcel. El argumento y el ambiente son lo esencial; no las evoluciones de la fábula ni la penetración psicológica. De ahí la primacía de sus cuentos sobre sus novelas; de ahí el derecho de afirmar que esta compilación de relatos nos da íntegramente la medida de tan singular escritor.



*Ya inmediata la muerte, Virgilio encomendó a sus amigos la destrucción de su inconclusa Eneida, que no sin misterio cesa con las palabras Fugit indignata sub timbras. Los amigos desobedecieron, lo mismo haría Max Brod. En ambos casos acataron la voluntad secreta del muerto. Si éste hubiera querido destruir su obra, lo habría hecho personalmente; encargó a otros que lo hicieran para desligarse de una responsabilidad, no para que ejecutaran su orden. Kafka, por otra parte, hubiera deseado escribir una obra venturosa y serena, no la uniforme serie de pesadillas que su sinceridad le dictó. 



FKANZ KAFKA: La metamorfosis. Versión castellana con prólogo de J. L. B. Buenos Aires, Editorial Losada, La Pajarita de Papel, 1938.

viernes, 21 de abril de 2023

Los escritores somos unas veces como Gregorio Samsa y otras como Bartleby

Para quienes tenemos vocación pero no talento para juntar palabras, decidirse a cultivar el oficio del escritor empieza con un proceso de transformación, un proceso de metamorfosis dolorosa como la que le pasó a Gregorio Samsa. Pero no nos asustemos porque pudiera ser mucho peor, cuando llega el bloqueo y uno preferiría no hacerlo. Como el Bartleby de Melville, la catástrofe puede ser un poco peor. Tanto Samsa como Bartleby mueren de inanición, el uno porque lo dejan abandonado en una pieza a su suerte, el otro porque por puro libre albedrío decide no volver a escribir y también sucumbe. 

Uno se despierta un día sin haber escuchado el despertador y se da cuenta de que se le hizo tarde para ir a ese trabajo que odia, un trabajo en el que uno se siente miserable, pero el que le daba el sustento para la familia y con el que uno ya se había casado con resignación. Despierta uno un día y resulta que ya no puede pararse de la cama, ha sido poseído por ya por la extrañeza, por la desolación de no pertenecer al mundo, por la depresión, la angustia o las historias que tiene que contar, que pesan como el exoesqueleto de un insecto.

Uno puede estar en un momento de la vida en que la gente espera mucho de uno, sus jefes, sus padres, sus hermanos; siente dolor y vergüenza de no ser capaz de continuar teniendo la vida que ellos querían que uno viviera, la vida que ellos se imaginaban que uno debería vivir, de acuerdo a las mínimas capacidades que ellos le reconocían y, sobre todo, teniendo en cuenta que la literatura no da para comer. 

El primero que vendrá a averiguar, qué es lo que a uno le ha pasado, es el jefe. Nunca es el mismo, el jefe de Samsa es despiadado y utilitarista, mientras que el Bartleby es compasivo. Cruel o compasivo el jefe siempre intentará la persuasión, primero tratando de demostrar interés en el caso de esa ausencia laboral, luego tratando de convencer a la familia, incluso, una flexibilización, pero con el paso de las horas, o de los días o de las semanas huirán aterrorizados de ver  que uno ya es un caso perdido, y que lo poseyó completamente el monstruoso espíritu creativo tan incompatible con las labores cotidianas de una compañía o de una oficina.

Los padres, expresarán su preocupación con preguntas como ¿y ahora de qué vas a vivir? que en realidad significa ¿y ahora de qué vamos a vivir? ya no nos podrás ayudar más con nuestras deudas y tendremos que renunciar a muchos de los pequeños placeres que salían de tu bolsillo. También se preocuparán de pensar que uno está enfermo, de la mente y el cuerpo, tratarán de que uno retorne a la normalidad, a como era antes, yendo todos los días toda juiciosa a la oficina, al consultorio. Las mamás van a pagar novenarios a todas las vírgenes y los santos, buscarán consejos en todas las amigas. Los padres, acostumbrados a ser un poco más prácticos, consultarán a un psiquiatra, todos tratando de exorcizarle a uno el espanto. 

Con el tiempo, viendo que uno ya se pudo parar de la cama y come, pero que no logra salir de su encierro porque se la pasa todo el día leyendo y escribiendo, empezarán a aceptar la situación y a buscarse ellos la vida, porque uno ya no la pudo buscar por ellos. Entonces tratarán de continuar con sus rutinas pero siempre sin hablar mucho del asunto, tratando de olvidar que en sus casas habita ese ser parásito y que encima a ellos les toca mantenerlo y acogerlo porque quedarían muy mal si lo echaran a uno a la calle, quedarían muy mal con sus amistades. Pero no por uno, sino por el fracaso que representa para la institución familiar el tener un hijo sin un trabajo estable. 

Luego, hay también gente que se compadece mucho y que trata de facilitar las cosas, pero son más bien pocos. Generalmente los jóvenes que tienen más fresquito eso de las transformaciones y de la sensación de no encajar en nada. Entonces son más entendidos y más empáticos con estos procesos. 

Y uno ya empieza a sentirse a gusto, cuando llega de nuevo el padre, como le pasó a Gregorio Samsa a echarle la comida en cara, él le tiraba las manzanas y estos reproches son tan dolorosos que se hunden a uno en la piel y es como otra herida que lo va carcomiendo lentamente, y nadie se preocupa de limpiar esa herida sino que sigue creciendo y con el tiempo, ya cansados todos, empezarán a interesarse poco por cómo uno vive o por lo que sea o vaya a ser de su vida. 

Lo importante es seguir aparentando y viviendo ¨normalmente¨, al fin y al cabo, pronto tanto jefe como padres encontrarán una nueva víctima, una nueva esclava o esclavo y todo seguirá siendo igual, porque lo que triunfa siempre es la obediencia y no la emancipación. 

Por eso esta es la empresa del destriunfo y el fracaso, de las cucarachas y los oficinistas muertos. 

 

lunes, 17 de abril de 2023

Hacer el amor y la literatura en Los Detectives Salvajes de Roberto Bolaño

hacer el amor es algo tan inherente a la literatura

a la lectura o a la escritura, 

los tres son placeres afines.

Fui a la Ciudad de México en la circunstancia menos decorosa

la de turista

y para pagar la culpa por la afrenta ante Cuauhtémoc, 

me metí a la librería Porrúa frente a la ciudad de Tenochtitlán

a comprar Los Detectives Salvajes de Roberto Bolaño, 

500 pesos mexicanos me costó la hazaña, 

todavía guardo el recibito. Hubiera preferido robarlo. 

De regreso en la ciudad de la vida interior 

me he sentado a leer la dichosa obra del autor chileno, 

Belano, se llama a él mismo en su propia obra 

pero el narrador es José García Madero

y cómo tira...

de noche de día y con todas. 

tira como un cabrón adolescente y el libro es una delicia por las detalladas explicaciones del sexo que mantiene, 

con María Font, a quien le gusta Sade, y quiere que le den palmadas en las nalgas y en el coño como en los libros de Sade

Sade y siempre Sade, la mejor literatura. 

Y con Rosario, una mesera que le propuso que viviera con ella. 

Rosario me da tristeza, y le da tristeza a García Madero.

En los primeros días de la lectura (noviembre) se lo chupa sin compasión y sin paga. 

Luego es más rutinaria, pero a él le gusta quedarse a su lado porque es una mujer, práctica y hacendosa, 

ósea, sabe cómo chuparlo. Que es en el fondo lo que todos queremos.

Alguien que nos organice bien la ropa, mantenga limpia la casa, 

cocine y nos deje tiempo para leer poesía y escribir sandeces. 

Siempre había querido vivir en Ciudad de México, 

y gracias a Bolaño ya cumplí mi sueño, 

viviendo tantas noches en medio de prostitutas que soñaban con entrar a la academia de danza, como Lupe, 

o con bailarinas que eran más putas que las de la calle ...., como María Font. 

En el centro de la obra hay tantas mujeres escritoras, pero los protagonistas son ellos. 

recorrí todas las calles de ciudad de méxico y sus terrazas donde viven familias muy pobres y muy felices, porque comen cosas deliciosas. 

Tamales, tostadas, teleras, tortillas, totopos, tortas, tacos, tlacolyos, tlayudas y atoles,

y cada día me convenzo mas de que toda la felicidad esta en la cocina, en la mesa, y en luego pegarse una buena cagada, 

la digestion es importante. 

Lorena Escorcia.



DIARIO DE LAS VIOLENCIAS MÉDICAS

DIA 33 Nancibel llegó quince minutos antes al auditorio 122. Estaba ilusionada porque quería ser cirujana y esta sería la primera vez que re...